La llovizna fría de un día de miércoles

 Era viernes. 

Los primeros fríos se sentían de manera intermitente, en esa batalla entre el verano y el otoño tratando de tomar el control del tiempo y establecer por fin un reinado y derrocar al otro. 

Llovía. 

Esa llovizna fría que moja como clavos de acero hendidos en la piel, y el viento helaba los huesos. A veces el sol se asomaba entre las nubes grises y el cielo azul claro se dejaba ver entre tanto caos, tal vez queriendo decir  que aquello era pasajero.

Los hombres trabajaban a paso apresurado, descargando los camiones y llenado otros, les urgía sacar los pedidos prontos, antes que la lluvia arruinara las semillas. 

Adentro, en la oficina, los empleados conversaban y miraban hacia afuera, esperando que las máquinas se desatascaran y encendieran por fin. Una risa por aquí, una llamada por allá. Iba desarrollándose la mañana como si entre adentro y afuera no existiera relación ninguna. 

Y cunado ya estuvieron los camiones descargados, la semilla a salvo de la cruel llovizna, las nubes negras se despejaron y el cielo azul se dejó ver en todo su esplendor. 

Por lo menos habían trabajado con esmero, eso nadie se lo podía negar. 

Para la tarde el sol se había vuelto a cubrir de nubes grises, y un viento frío calaba hondo. Hondo en los oficinistas que ya se habían organizo para traer chocolate caliente y el tradicional merengue. Para los de galpón, había que aguantárselas. Aunque tampoco tenían mucho tiempo para pensar en estas cuestiones, habían varios camiones más para cargar y semilla para inocular. Sólo quedaba subirse el cierre de la campera hasta la garganta y poner manos a la obra.

El invierno ni siquiera estaba cerca.

A mediados de la tarde ya los humores estaban caldeados. Habían cancelado el mismo pedido de semilla tres veces, y habían cargado y descargado otro tanto de veces por que "Don Fulano" no se decidía cuánto plantar y como era "Don Fulano" y pagaba bien había que respetar e irla llevando.

Bufando ira, uno de los empleados a cargo acomodaba fertilizante sobre la caja del camión. Ya había perdido la cuenta de cuántos camiones habían pasado en el día, y si le cancelaban ese... mejor no precipitarse, había una familia esperando en casa. En el otro extremo, el otro empleado acomodaba otro tanto de bolsas de cincuenta kilos con toda la destreza que sus homólogos años le permitían.

De repente, una figurita de la oficina se les para al lado del camión,

"¿Pueden hacer una pausa?" Lo decía más en tono de orden que de interrogante.

El encargado la miró con ira ¿¡pausa!? Pensó muchas cosas, pero no las dijo. Sólo se limitó a mirarla.

"Les traigo chocolate caliente. Con merengue"

Todo se fue por la borda. 

El encargado se sentó sobre una bolsa, tomó la taza que le alcanzaron y se sumergió en el dulce placer de un chocolate con merengue, ya no importaba "Don Fulano", ni los camiones, ni las semillas, ni siquiera el bendito fertilizante que tenía que salir en punto para que "Don Mengano" que lo esperaba pudiera recogerlo a tiempo. El otro empleado también tomó su taza y disfrutó de aquél pequeño mimo después de un día tan largo y agotador.

Hasta el camionero recibió chocolate.

Bueno, pensó el encargado, habrá que dejar algunas cosas para mañana.



Por: Natalia Méndez

Para: Atilio Rojas, parodiando "Un día de Atilio en el Sauzal"






Comentarios