Trabajo de campo improvisado

 


 

I — Mediodía del primer día

El aire olía a moho. A libros viejos. A tinta derramada y a algo seco descomponiéndose en algún rincón. A Ann le dio un vuelco el estómago y decidió mirar por las ventanas.

Afuera, dondequiera que fuera eso, había un soleado día de invierno. De esos que invitaban a dar un paseo al mediodía y recibir la tibia luz del sol mientras el viento helado parecía besarle a uno las mejillas. Bueno, vientos y besos en las mejillas no. De ninguna manera. Pero libros mohosos tampoco.

—¿A qué lugar de Lurra está mirando uno cuando mira por las ventanas?

Nicodemo se encogió de hombros sin levantar la vista de los registros que revisaba. Increíble que hubiera pensado en viento y beso en la misma frase.

—No lo sé exactamente. Podría ser cualquier lugar de Lurra.

—¿Pero es real o es como si las ventanas mostraran una imagen de alguna parte del mundo?

—Es real. Abre la ventana, asoma la nariz y huele.

Solo Nicodemo era capaz de sostener una conversación y una lectura al mismo tiempo. Pero ella ya no soportaba aquel olor a encierro y ardía en deseos de salir. Abrió la ventana de par en par y el viento gélido del sur, desde algún lugar de Lurra, la envolvió por completo. Antes de que pudiera siquiera saber qué hacía, ya estaba trepada en el alféizar. Pero antes de que lograra saltar, el viento la dejó pataleando muy por encima del piso y lejos de la ventana.

—Te vas a perder.

Por lo menos ya no tenía la nariz metida en los registros.

—Solo saldremos a tomar un poco de aire.

—Yo no iré contigo.

—¿Por qué no? Si estás tan agotado como yo.

Se le notaba en la tez, más gris de lo habitual, y en la mirada apagada.

—Porque, en cuanto salgamos de aquí, ya no estaremos en La Biblioteca y no sabemos cuánto tardará en volver a abrir una puerta para nosotros.

—¡Pero ahí afuera hay aire de verdad! Hay pájaros cantando, sol tibio en la cara, viento frío… Viento…

No lo iba a decir.

—Domínate. Si te vas por la ventana, anda a saber cuándo vuelves.

Ann dejó caer los hombros e incluso hizo un puchero, pero no pensaba rendirse ante aquel día que la llamaba desde afuera.

—Está bien. Nico, lo entiendo. Solo déjame en la ventana. Déjame sentarme en el marco, aunque sea.

—¿Y si te caes?

—¡No me voy a caer!

—No serías tú si no te cayeras.

—¡Nicodemo! ¡Voy a morir de abstinencia de aire!

—Eso se llama asfixia.

—¡Déjame en la ventana y ta!

—Está bien, pero agárrate bien. De verdad, no te caigas. No sé exactamente dónde queda ese afuera, pero sé que está muy al sur de Ziomest; quizá incluso más allá. Y si tengo que ir a rescatarte y nos perdemos por unos días, Vaca va a correr por toda La Biblioteca buscándote, y yo no voy a estar para calmarlo porque habré tenido que salir detrás de ti.

—Tranquilo. Confía en mí: no me voy a caer por la ventana.

Nicodemo accedió a medias y, con un movimiento suave de su báculo, volvió a colocarla sobre el alféizar.

Entonces Ann no se cayó por la ventana.

Se tiró por ella.

El olor a pergamino mohoso le indicó a Ann que Nicodemo ya estaba allí. Se dio la vuelta para enfrentarlo.

—Llegas tarde —dijo antes de que él pudiera acusarla de nada.

—Me sorprende que me hayas esperado. Creí que tu abstinencia de aire ya te habría llevado a correr muy lejos.

—Iba a hacerlo, pero me quedé mirando las ruinas.

Ann señaló la ventana. A través de ella todavía se veía la sala de La Biblioteca; desde fuera, en cambio, no era más que una abertura en un edificio en ruinas. Antes de que Nicodemo protestara porque la sala iba a desaparecer, comenzó a recorrer el lugar por dentro. Él protestó de todos modos.

—Sí sabes que ya no hay forma segura de que La Biblioteca vuelva a abrirnos una puerta, ¿verdad?

Ella lo ignoró por completo. A medida que se sumergía en las ruinas, se sumergía también en sus propios pensamientos. El edificio había sido una construcción baja, de una sola planta. El techo, que alguna vez fue de paja y que seguramente alguien se habría llevado, dejaba todas las habitaciones expuestas a la intemperie. El sol resplandecía en la cal de las paredes, pero Ann ya no podía disfrutarlo. Aquello le traía recuerdos.

La distribución de las piezas le decía claramente que alguna vez había sido una pulpería construida a la orilla de un camino remoto. Pasó los dedos sobre el mostrador de piedra y los recuerdos acompañaron el movimiento. Su mama, años atrás, atendiendo clientes detrás de un mostrador parecido, regateando con proveedores y canjeando víveres con los productores locales. Su prima Zetta, subida a un cajón para asomar la cabeza por el otro lado, porque para los niños un mostrador era una cosa inmensa. Increíble: aún de niña tenía vocación almacenera.

¿Cuándo se le había metido aquella idea en la cabeza? ¿Cuándo había empezado a pensar que los demás esperaban eso de ella? Qué equivocada había estado. Y qué bien la conocía el Maestro.

Sienna y Regalo corriendo por detrás del mostrador; la mama retándolos por estorbar a los clientes; ella misma asomando la cabeza por encima de algún mapa viejo. La invadió una nostalgia que quemaba por dentro, y las lágrimas le ardieron por fuera.

Se dispuso a huir de todo aquello antes de que los recuerdos le pusieran cadenas en los pies y ya no pudiera salir de allí. Pero, al girarse, se topó con una pared suave y casi perdió el equilibrio. Nicodemo la sostuvo por los hombros.

—Tienes la cara llena de lágrimas.

Tarado declarador de lo obvio.

Estaba tan sumida en sí misma que ni siquiera lo había olido detrás de ella. Porque a Nicodemo había que olerlo para saber que estaba ahí; oírlo era casi imposible. Se apartó bruscamente y se secó las lágrimas a toda velocidad, como si con eso pudiera borrar el momento. Después fingió una sonrisa.

—¡Salgamos de aquí! No me tiré por una ventana para estar encerrada en esta tapera.

Nicodemo sacó una libreta y su estuche portátil de escritura.

—¿Tapera? ¿Cómo se escribe?

—¿De verdad tienes que anotarlo todo? Se escribe como todo en español: como suena —respondió ella, ofendida ante la posibilidad de que su pequeño momento de debilidad fuera a parar a una de las libretas de Nicodemo.

—Nunca había escuchado esa palabra. ¿Qué significa?

—Ah, era eso —dijo Ann al comprobar que, en efecto, había sacado la libreta que usaba para las palabras nuevas—. Una tapera es una casa abandonada y en ruinas, como esta. Aunque a veces se usa como exageración para hablar de casas que todavía están habitadas, pero se encuentran en muy mal estado.

Mientras explicaba, fue saliendo de entre los escombros y los hormigueros. La vegetación escaseaba en invierno, pero Ann estaba segura de que en primavera aquello sería una selva. Bastó imaginarlo para sentirse mejor: su lado planta se vigorizaba con solo pensar en todo lo que crecería allí. El sol del mediodía invernal volvió a darle de lleno y ella se estiró hacia él como un girasol.

—¿Puede ser una tapera el estado en el que se encontraba la cocina antes de que ustedes intervinieran?

—Totalmente.

Ann miró hacia el cerro que se levantaba a lo lejos y echó a correr.

—¡Espera, Ann, no corras! Lo más lógico sería acampar aquí y aguardar a que La Biblioteca abra una puerta.

—¡Olvídalo! —le gritó por encima del hombro sin dejar de correr, esta vez con una sonrisa genuina—. ¡No me tiré por una ventana para desperdiciar este día tan bonito! ¡Corre! ¡Vamos a echar un vistazo a ver qué hay detrás de aquel cerro!

Nicodemo no tuvo otra que echar a correr detrás de ella.

II — Tarde del primer día

Una hora después, Nicodemo inhalaba aire con dificultad.

—¡Oh, por favor! Si apenas estoy calentando. Es un día maravilloso. Encontré rastros de capincho y voy a cazar uno para la cena. Ya verás, te va a gustar.

—Carpincho. En tu región les dicen carpincho.

—No. Sí. Bueno, en mi casa les decimos capinchos, y son deliciosos. Levántate, vamos.

—No. Yo me quedo aquí. Llevo demasiado encima para ser útil en una expedición de caza.

Ann hizo inventario de todo cuanto cargaba Nicodemo: un bolso probablemente lleno de provisiones, agua, dos mantas que asomaban por la abertura y el báculo. Después hizo inventario de sí misma: apenas el bolso de cinto y el facón colgado a la espalda. Incluso llevaba puesta la falda de adentro. Ann se derrumbó en el suelo junto a él.

—¡No puede ser! —exclamó, pataleando y cinchándose el pelo—. ¡Salí de aventura sin mi equipo!

Nicodemo soltó una risa baja. La indignación con que Ann lo miró consiguió que riera con ganas.

—Quieres decir que sí estabas prestando atención cuando dije que, si salíamos, quedaríamos fuera de La Biblioteca.

—¡Llevo meses encerrada buscando algo que ya no sé si existe! La idea de salir a campo abierto me sedujo y no pensé en las consecuencias.

—Muy tú. Pero yo sí pensé y traje lo necesario.

Como prueba, dio un par de palmadas al saco de provisiones y bebió un gran trago de agua. Acto seguido, le pasó el odre a Ann. Ella bebió y solo entonces se dio cuenta de algo fundamental.

—Nico, no tengo mi arco. No puedo cazar capincho para la cena.

Silencio.

—¡Pero pondré una trampa! Seguro que algo cazamos.

—¡El arco y el carcaj de tus flechas! —exclamó él, golpeándose la frente con la palma de la mano.

Ann tardó un momento en comprender su consternación.

—Sí, me los dejé en mi cuarto esta mañana. Es incómodo deambular por La Biblioteca cargada con un arma.

—No, eso no. ¡Sabía que me olvidaba de algo importante!

Entonces le llegó a Ann el turno de reírse.

—Trajiste todo lo necesario para seguirme hasta aquí, pero dejaste lo único que me caracteriza.

—Eres una arquera con pésima puntería que usa flechas mágicas para acertar en el blanco.

—¡Ey! ¡No divulgues mi secreto!

—Je, je. De todos modos, cuando salí detrás de ti estaba pensando en supervivencia, no en organizar una expedición completa.

Ann, aún tendida en el suelo, miró las nubes pasar y sintió el viento helado sacudiendo los pastos a su alrededor. ¡Rayos! También había dejado el poncho. Pensó en lo absurdo de la situación y en el pequeño gesto de Nicodemo: nada elegante ni premeditado, sino inmediato y práctico. Parecía el tipo de persona que no se roba la escena principal, sino el asistente que te alcanza la herramienta justa en el momento preciso. Aunque también se olvidara de cosas importantes. Tal vez por eso lo había elegido el Maestro, o quizá todos acabarían comportándose como él después de un par de años como bibliotecarios. En fin, se permitió sentirse feliz con aquel pequeño gesto de lealtad de Nicodemo, señal de que su amistad marchaba bien.

Entonces su estómago gritó comida. Y Nicodemo también lo oyó.

—Ten. Carne seca y galletas saladas; sirven para saciar el apetito.

—¿Qué parte de voy a cazar algo para comer no has entendido?

—La parte en la que no tienes herramientas y tienes hambre.

Ann no respondió. De ninguna forma iba a dejar pasar la oportunidad. Revisó el bolso de cinto: cuerda, sebo envuelto en un papel, un pequeño paquetito con los últimos restos de sal, yesquero, un pancito a medio comer… Eso último seguro era obra de Vaca.

Y de pronto el aire cambió de olor.

Tierra removida, calor.

Ann olisqueó el aire y escuchó con atención. Se había tumbado junto a la cueva de una mulita y su conversación parecía haberla incomodado, porque algo se movía bajo la tierra. Se colocó entonces donde intuía que estaba la entrada de la madriguera; la tierra suelta frente a la abertura la delataba.

—Está ahí.

—¿Qué haces?

—Párate donde yo estaba. Golpea con tu báculo sobre la tierra.

—¿Para qué?

—Porque la comida va a salir por aquí.

Sin mediar más palabras, enganchó la falda a la faja para que no estorbara y se ató el pañuelo al pelo para que tampoco se entrometiera con la caza. Luego se agachó sobre el agujero, preparada para atrapar la mulita por detrás, y esperó.

Nicodemo golpeó la tierra con el báculo: una, firme, dos, profundo, tres.

Una cosa gris y redonda pretendió salir de su madriguera y terminó entre las manos rápidas de Ann, que no perdió tiempo en emplear el facón. En lo que a ella le pareció poco tiempo, tenía la carne lista para cocinar sobre un fuego. Para Nicodemo, en cambio, parecía haber sido bastante más.

—Hay que encender un fuego —puntualizó él, declarando lo obvio como siempre.

—Empieza tú uno. Yo voy a buscar algún arroyo o cañada cerca. Necesitamos agua.

—Yo no puedo encender un fuego.

—¿Por qué no? No es tan difícil.

Ann empezaba a molestarse.

—Para mí sí. Soy viento. No me llevo con el fuego.

No me llevo con el fuego.

—¿Es en serio?

Nicodemo la miró fijo. Para él, aquello era una frase completa, y Ann tampoco necesitó palabras. Enseguida se puso a armar el fuego y, con un gesto impaciente, señaló un monte cercano.

—Ve tú a buscar agua. ¿O acaso el viento tampoco se lleva con el agua?

Nicodemo se ató las mangas de la túnica y desapareció en dirección al monte.

Las imágenes de Río y Mar —particularmente la de Mar— cruzaron por su cabeza. Bueno, se notaba que sí se llevaba bien con el agua. Nunca lo había oído discutir con ella.

Tarado.

Al cabo de un rato, el fuego ardía listo. O debería decir que refulgía con impaciencia.

—Tss. No se lleva con el fuego. ¿Quién se cree?

En fin, encender una fogata había sido cosa de unos minutos; cocinar la carne de mulita llevaría un tiempo considerable. Tendrían suerte si se trataba de un bicho joven y no de uno simplemente pequeño en tamaño. La ventaja era que al otro día no tendrían que cazar para el desayuno; el almuerzo sería otra historia. Ann dispuso un campamento improvisado con lo que Nicodemo había llevado y lo que ella misma pudo conseguir del monte.

¿Dónde estaría ese inútil incapaz-de-encender-un-fuego de Nicodemo? Para el tiempo que Ann había tardado en instalar el campamento, ya debería de haber vuelto. Había usado gran parte del agua para limpiar la carne y limpiarse a sí misma. Moría de sed, pero no quería acabársela toda antes de saber si había agua potable.

Nicodemo llegó al poco rato con los odres restantes llenos de agua.

—¡Por fin! Ahora hay que ver cómo hervirla.

Ann volvió a sentirse tonta: tampoco había traído el bolso con la ollita para hervir el agua ni lo necesario para aprontarse un mate.

—¿No trajiste algo para hervir agua?

—No. Eso puedo hacerlo con magia de viento.

Eso sí la sorprendió.

—¿Cómo?

—Muevo corrientes alrededor del agua para que la sostengan al hervir.

Demasiados tecnicismos.

—¿Como si fuera una olla suspendida en el aire?

Nicodemo rodó los ojos, impaciente ante aquella descripción brusca.

—Algo así.

Entonces, con las mangas todavía atadas, se dispuso a preparar el agua mientras Ann dejaba la carne cocinarse lento a las brasas. Ninguno de los dos dijo nada y, para cuando la tarde comenzaba a caer en aquel invierno helado del sur de Ziomest, Ann ya no sabía cómo empezar una conversación.

Si tan solo hubiera tenido su mate, habría sido más fácil quebrar el silencio incómodo. Se había dicho que lo del fuego no tenía por qué ser algo personal. Él había dicho fuego, no Ann, pero ¿qué había más fuego que ella? Que no se llevaban bien estaba claro. Bueno, no. Trabajaban bien juntos. Por eso el Maestro los había puesto a liderar la búsqueda de la luz verdadera después que la sombra invadiera La Biblioteca. También habían logrado cazar comida esa misma tarde sin ponerse de acuerdo ni discutir para ejecutar un buen plan. Ellos simplemente se llevaban bien en lo importante. Esa misma tarde había pensado que ya podía considerarlo un amigo. Y luego iba ese tarado y largaba algo como: No me llevo bien con el fuego. Eso hacía que su fuego interno crepitara de rabia. ¿Cómo se suponía que debía tomarse eso? ¿Se podía fiar de Nicodemo?

Aunque Nicodemo no parecía incómodo para nada. Ann lo observó un rato desde la otra esquina del fuego, tratando de no descuidar la carne. El agua había flotado sobre el pasto, contenida por corrientes invisibles y temblando hasta que comenzaron a formarse burbujas; ahora descansaba tibia en los odres. Él se había sentado a lo indio en el pasto y anotaba cosas en sus libretas con ese estuche portátil de tinta y pincel que siempre llevaba en la faja. Aunque sí notó algo molesto: estaba cerca del fuego, pero conservaba una distancia prudente. Nada escandaloso, aunque suficiente para hacer chispear el fuego interno de Ann otra vez. Porque ahora sabía cuál era el motivo. Está bien, no le iba a dar más vueltas al asunto. Apartó la vista hacia la carne, que ya empezaba a oler un poquito pasada de punto, y aprovechó para untarla con la poca sal que le quedaba.

Nicodemo se había dado cuenta de que ella lo observaba.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? Nada —respondió Ann, fingiendo indiferencia de manera fatal.

—Sueles hablar hasta quedarte sin aire. Hoy estás callada. He sacado el estuche de escritura, preparado la tinta, cargado el pincel y llenado cinco carillas completas sin que me interrumpieras. Incluso tuve tiempo de esperar a que secara este papel de calidad deplorable. Eso es raro.

—Raro sería que no escribieras nada.

—Siempre escribo. Anda, dime: ¿qué te pasa?

Ann se ablandó un poquito, pero no dijo nada. Primero sacó la carne de las brasas y la dejó sobre una hoja de palma para que se enfriara. Tal vez solo estaba hambrienta y cansada. Tal vez Nicodemo no tenía nada que ver con su mal humor. Él esperó con paciencia.

Ann ya había descubierto que Nicodemo tenía ese mismo lenguaje silencioso de Vaca: No digo nada, pero con la cara y los gestos digo todo. Aunque se movieran muy poco, incluso la quietud significaba algo en esos dos.

Vaca.

Sintió una punzada de culpa por haberlo dejado solo en La Biblioteca. Pero tenía siete años y dependía de ella como si aún tuviera cuatro. Necesitaba un poco de espacio, se dijo. Además, no estaba solo. El Maestro cuidaba de él. Sienna cuidaba de él. Los doce al completo cuidaban de Vaca. Para un mestizo al que habían abandonado en un rebaño de vacas en medio del campo, aquella era una familia numerosa.

Ann volvió a mirar a Nicodemo. Seguía esperando una respuesta a pesar de todos sus intentos por esquivarlo.

—Bien —empezó ella—. Dijiste que no te llevabas bien conmigo. ¿Por qué?

Quería sonar casual, pero ese último por qué se le había colado en un tono mucho más irritado de lo que hubiera querido.

—¿Lo dije?

¿Qué?

—¡Claro que lo dijiste!

—Ann, ¿qué dije exactamente?

Nicodemo parecía perdido, como si de verdad no entendiera a qué se refería. El fuego de Ann ardió furioso.

—¡Dijiste que no podías encender un fuego porque no te llevas bien con él!

—Ah —pareció respirar aliviado—. Aunque esas no fueron mis palabras exactas.

—Misma idea —contestó ella con impaciencia.

—Ann, eso no tiene nada que ver. Lo que quise decir es que manejo el viento y, conmigo, el fuego es totalmente impredecible. Puedo avivarlo o extinguirlo; no soy bueno para encenderlo, cuidarlo ni estar cerca de él. Tú eres mucho mejor que yo para eso. Solo me pareció la idea más lógica.

Bruta. Tonta.

—¿O sea que no tienes un problema conmigo?

Nicodemo no contestó de inmediato y el corazón de Ann quedó en suspenso.

—No —dijo por fin—. Eres un poco molesta, jamás respetas mi espacio personal ni mi necesidad de silencio, pero lo haces con todo el mundo. Así que llegué a la conclusión de que eres así. Lo que dijo el Maestro, aquello sobre soportarse unos a otros y perdonarse si alguno tuviere queja contra otro, se me quedó y trato de aplicarlo cuando alguno de ustedes hace algo que me molesta.

—Bueno —dijo ella, sin saber muy bien qué responder, aunque aliviada porque aún fueran amigos—, supongo que me lo merezco por preguntar.

Le alcanzó parte de la carne, pero Nicodemo levantó una mano para rechazarla.

—Dame menos. Tú no has comido hoy.

—Toma. ¡Come!

Él volvió a negarse, esta vez con la cabeza.

—Divide mi porción, cómela tú y raciona el resto. Ya te dije que no sabemos cuándo puede volver a aparecer La Biblioteca. Tampoco podemos contar con la suerte de que vuelvas a sentarte sobre una madriguera de mulita. Mañana deberíamos regresar a la pulpería abandonada o buscar algún pueblo.

Ann no contestó; solo obedeció. Porque, para ser honestos, parecía que su estómago se estaba comiendo a sí mismo. Se permitió disfrutar de cada bocado: aunque no se comparaba con la deliciosa carne de carpincho, hacía mucho que no comía algo cazado con sus propias manos y cocido con sencillez en una hoguera. También se alegró de que el bicho no hubiera hablado; ella tampoco había querido darle tiempo. Después de oír a tantos animales hablar por Vaca, no se atrevía a comerse ninguno que le dirigiera la palabra.

III — Primera noche

La noche había caído por completo sobre el campamento; las botas de Ann y el calzado raro de Nicodemo descansaban junto al fuego, todavía algo húmedos: las suyas, por el agua con que había lavado la carne; el de Nicodemo, porque se había mojado los pies durante la búsqueda de agua. No importaba qué tan bien le salieran las cosas a Ann: seguía siendo muy torpe.

El calzado de Nicodemo era de esas cosas suyas que llamaban la atención: unas sandalias de paja trenzada, sujetas con cordones, y unas medias gruesas de algodón con el dedo gordo separado de los demás para dejar pasar entre ellos uno de los cordones de la sandalia. Ann no sabía exactamente de dónde venía Nicodemo, pero sí que era de alguna ciudad cercana a las montañas del este de Ziomest. Por aquellos lugares, todos los pueblos eran muy al estilo del reino mineral; supuso que aquel calzado venía de allí.

Un viento helado sopló del sur. Ann se abrazó en un acto reflejo, frustrada por haber salido sin el poncho, y miró con cariño las mantas que ella misma había acomodado cerca del fogón para que fueran calentándose.

Nicodemo le alcanzó una mientras se envolvía en la otra. Ann parpadeó, perpleja. El hombre que sabía organizar una expedición improvisada, evidentemente, jamás había pasado una noche de invierno al aire libre.

—Es más eficiente si las compartimos.

—¿Eh? Somos dos, son dos mantas. ¿Qué hay más eficiente que una para cada uno?

Ann extendió la suya en el suelo junto a la lumbre e hizo que Nicodemo se sentara sobre ella. Acto seguido, se sentó junto a él, invadió todo su espacio personal y los envolvió a los dos con la otra manta. Nicodemo se removió. Evidentemente incómodo.

—No empieces con lo del espacio personal. Además, en la sala de los sesenta y seis libros hay uno que dice: «Mejores son dos que uno, porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; mas ¡ay del que está solo!, que cuando cayere no habrá otro que lo levante. También, si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos estarán contra él…». Y algo sobre un cordón de tres vueltas.

Estaba tan cansada que ni siquiera se molestó en esperar una respuesta. El abrigo de las mantas, el calor del fogón a un lado y Nicodemo al otro probaban su lógica, y todo aquello bastaba para adormilarla después de una tarde entera al aire libre y mucho ejercicio físico. Ya ni siquiera recordaba cómo era antes, cuando apenas se movía en la pulpería y usaba dos tallas más de ropa.

Antes de cerrar los ojos y quedar completamente dormida, distinguió una mano huesuda suspendida en el aire.

Como una intención sin definirse a medio camino.

—No habla únicamente del frío.

Después de un instante de indecisión, la mano bajó. Pero Ann no la vio ni escuchó las palabras de Nicodemo, porque el cansancio se había rendido al sueño.

IV — Amanecer del segundo día

La falta del poncho le pasó factura justo antes del amanecer. Ann se desperezó y bostezó, pero el aire helado en la cara acabó por despejarla. Sonrió ampliamente ante la presencia de la naturaleza viva a su alrededor. Bueno, viva no. Más bien dormida, porque las plantas en invierno eran menos vibrantes, pero plantas al fin. Y el viento frío en la cara justo antes del amanecer era un placer que no se disfrutaba dentro de una Biblioteca con olor a polvo y a misterios guardados en los rincones.

Nicodemo aún dormía. Conservaba la postura recta, aunque parecía sereno. ¿Cómo hacía ese bibliotecario para mantener la compostura en un campamento improvisado en mitad del monte? Ann se encogió de hombros y miró entre las filas de eucaliptos colorados hacia el este. El sol estaba a punto de salir. Entonces no había tiempo que perder. Se inclinó sobre Nicodemo y le sacudió el hombro con suavidad.

—Nico, ven. Quiero mostrarte algo.

Él no reaccionó, de modo que no le dejó otra que tomar medidas. Lo sujetó por la mano que no sostenía el báculo y tiró de él con la intención de despertarlo y ponerlo de pie al mismo tiempo. Pero Nicodemo solo perdió el equilibrio y se fue hacia adelante mientras despertaba de golpe.

—No sé cómo se cataloga el frío.

Ann levantó una ceja.

Qué tipo más increíble.

—No hay nada que catalogar. Hoy no. Solo el sol a punto de brillar sobre la escarcha.

Como vio que no tenía intenciones de levantarse pronto, volvió a cincharlo y lo arrastró hasta encontrar un claro entre los árboles desde el que podían ver el horizonte despejado.

—Justo a tiempo —dijo cuando los primeros rayos del sol asomaron tras los campos cubiertos por la helada de la noche anterior.

Los cristales de hielo se convirtieron en un caminito escarlata que conducía derecho al este, y diminutas hadas transparentes comenzaron su trabajo de derretir la escarcha. Ese iba a ser un día prometedor. El sol anunciaba que ardería con fuerza; precisamente durante el mes del sol era cuando más se disfrutaba de él en invierno. El cielo estaba completamente despejado, y Ann podía oír con claridad la voz de Elba diciendo: «Ah, el mes del sol es el mejor mes del año. El día que es lindo, es lindo». Como si aquello fuera un dictamen divino y no una frase de vieja amante del sol.

Algo tiró de su mano mientras ella permanecía absorta recibiendo la luz solar.

—Ann, ¿qué estamos haciendo?

—Contemplando la salida del sol. ¿No es hermoso? Hoy va a ser un buen día. ¿Ves que no hay una sola nube? Durante el mes del sol, cuando el día amanece de una forma, generalmente se queda así hasta que anochece. La mama tenía un dicho que decía: En el mes del sol, día que es lindo es lindo.

—Entiendo, pero… ¿por qué tenemos que verlo de la mano?

—¿Eh?

—Mi mano. No la has soltado desde que te pusiste a absorber el sol como si de verdad produjeras clorofila.

—Eso cuenta como un insulto racista.

—Eso no contesta mi pregunta.

—Ah, lo olvidé.

Pero no le soltó la mano. No hasta haberse saciado del amanecer y bebido la última gota de sol. Porque, ya que estaba incómodo, podía quedarse así un rato más. Le parecía una compensación razonable por lo de la clorofila.

V — Mañana del segundo día

Después del amanecer desayunaron los restos de la mulita que habían reservado la noche anterior y recogieron el campamento. Ann notó que un tero se había posado en una rama cercana y observaba los restos del fuego con suma atención. Nicodemo pareció no haberlo visto, así que ella decidió ignorarlo: si se trataba de la guardia rural, tendrían que responder un montón de preguntas a las que no tenía ninguna gana de contestar.

—¿Qué deberíamos hacer primero? —preguntó—. ¿Buscar raíces comestibles? ¿Algún fruto tardío? ¿O vagar a la luz del sol hasta que aparezca una puerta?

—Si vagamos, nos perderíamos más fácil. ¿Qué te hace pensar que La Biblioteca nos va a abrir una puerta así como así?

—Tengo un hijo esperando en casa. Tiene que abrirme una puerta. ¡HOY!

—Ah, ahora que estás saciada de aire fresco, caza y luz de sol te acuerdas del pobre Vaca.

—Tú también saltaste por la ventana.

—Vaca no me espera a mí como te espera a ti.

Al tero le brillaron los ojos, evidentemente divertido con aquella conversación. Ann se sintió muy incómoda, torpe e irresponsable ante aquel golpe de verdad práctica.

—Propongo lo siguiente —continuó Nicodemo, aún sin notar al tero—: como ayer encontramos una pulpería abandonada, asumo que antes hubo un camino por este lugar y que probablemente exista un pueblo más adelante por donde pase el camino actual. Encontremos el pueblo. Traje algunos mapas que tal vez puedan servir.

Entonces el tero desplegó sus alas y bajó de la rama en la que estaba para posarse sobre el suelo delante de un sorprendido Nicodemo, que ya estaba sacando los mapas; algunos salieron volando con el aterrizaje del pájaro.

—¿De dónde venís y adónde vais, forasteros? —preguntó el tero con un tono muy solemne, aunque agudo. Sus ojos rojizos fueron de Nicodemo a Ann y luego se detuvieron cuidadosamente sobre el fuego extinto.

—Ya lo sabes, pájaro —le contestó Ann con insolencia. Nicodemo abrió mucho los ojos e intentó hacerla callar, pero ella siguió—. Has estado escuchando toda la conversación.

El tero levantó una pata y se contempló las uñas con indiferencia.

—Quisiera oírlo de vuestras propias bocas.

Nicodemo intervino antes de que Ann continuara con sus insolencias y motivara al ave a curtirlos a picotazos o espolonazos. Ella no lo interrumpió. Mejor que mediara él: nunca había tenido buenas experiencias con la guardia rural, aunque nunca había hecho nada malo. O eso creía.

—Somos bibliotecarios. Venimos de La Biblioteca y queremos volver a ella. ¿Hay algún pueblo cercano donde podamos hospedarnos hasta que aparezca una puerta?

El ave lo observó durante un rato, tal vez midiendo la veracidad de sus palabras, pero Ann encontraba un brillo de diversión en los ojos del tero. Curioso.

—¿Por qué habéis acampado aquí? —se limitó a preguntar.

—Porque nos agarró la noche antes de que pudiéramos decidir qué hacer —contestó Nicodemo.

—¿Os habéis metido con algún rebaño?

—No, señor. Solo hemos cazado una mulita.

—Falta una ochin en los campos de doña Feliciana. ¿Estáis seguros de que no habéis sido vosotros?

—No, señor —insistió un nervioso Nicodemo—. Los restos del caparazón y los huesos están sobre las cenizas del fuego; los puede ver allí. Decimos la verdad.

—Ya los vi. Solo quería oírlo de vuestras propias bocas.

Ann rodó los ojos, irritada por el interrogatorio. El pájaro la miró y desplegó lentamente una de las alas, dejando a la vista el espolón, como quien recuerda discretamente que la autoridad también dispone de medios coercitivos. Ella se contuvo enseguida y, luego de lo que le pareció una eternidad, el bicho apartó la mirada, satisfecho de haber ejercido su autoridad.

—Hay un pueblo más adelante —dijo al fin.

Tanto Ann como Nicodemo intentaron preguntarle dónde, para qué lado y a qué distancia. Pero el noble guardián había considerado cumplido su deber y se limitó a extender las alas para emprender el vuelo en medio de preguntas sin contestar.

A continuación, y para disgusto de Ann, pasaron un buen rato revisando mapas. Casi como cualquier mañana en La Biblioteca. No por tener que revisar mapas, sino porque, aun habiendo salido de La Biblioteca, seguían haciendo cosas de Biblioteca.

Pero después de un par de conjeturas absurdas por parte de ella y un poco de terquedad sabelotodo de Nicodemo, llegaron a una idea compartida de dónde más o menos debían estar el pueblo y el camino hacia él.

Partieron sin demasiada gracia rumbo al noreste desde el monte donde habían acampado y atravesaron casi en línea recta un par de cerros, hasta que los restos de su estadía se perdieron detrás de sus espaldas. Llevaban media mañana caminando sin haber encontrado ningún camino principal ni ningún pueblo. A esa altura, Ann empezaba a intuir que iban en dirección a la nada y que jamás encontrarían lo que buscaban.

Entonces empezó a observar el entorno. Nicodemo podría haber trazado un plan, pero alguien tenía que cerciorarse de que de verdad los llevara a algún lado. El suelo presentaba rastros de animales de vez en cuando, lo típico en las llanuras onduladas de esa parte de Ziomest. Pero hacia el oeste —y no hacia el este, aunque también del lado norte— el paisaje parecía menos natural, más modificado para que funcionara: un pequeño poste como marca por aquí, un muro de piedra roto por allá.

—Vamos en la dirección equivocada: debemos girar hacia el oeste.

Nicodemo se detuvo y observó alrededor, miró el mapa y luego a Ann.

—¿Qué te hace pensar eso?

Ann hizo recuento de todo lo que había observado.

—Pero, si nos desviamos del camino, es probable que no lleguemos nunca a ninguna parte.

—¡Si seguimos caminando para este lado nunca llegaremos! El pueblo tiene que estar para el otro lado. Confía en mí, sé de lo que hablo.

—Sí, eso dijiste ayer. Y luego te tiraste por la ventana.

—¡Y tú me seguiste!

Sin esperar consentimiento, Ann lo tomó del brazo y lo obligó a girar ciento ochenta grados en dirección oeste. Nicodemo no se movió al principio, pero al ver que Ann insistía con terquedad férrea empezó a moverse.

—Si no volvemos a encontrar una puerta, será tu culpa.

—Sí, sí. Asumo las consecuencias. Ahora camina.

Un par de varios metros más adelante, el inconfundible olor a feria de pueblo confirmó que su intuición no era errada.

—¡Te lo dije! Es por aquí. Huelo gente vendiendo toda clase de comida. Tiene que haber un pueblo cerca.

—Ann, el olor no es una dirección. Pero puede que tengas razón —comentó él—. El viento habla de muchas voces.

Otro par de varios metros más y estaban entrando a un pequeño poblado con apenas un pozo de agua central, pero allí se habían reunido los locales y alguna especie de caravana ambulante que vendía frutas, carnes, cereales, comidas típicas y algún que otro chichumejo extravagante, quién sabe de qué rincón olvidado de Lurra.

—Te dije que olía a gente vendiendo comida —comentó Ann, triunfante, al tiempo que se mezclaba entre los puestos de venta y la gente.

—Y yo te dije que el viento no es una dirección.

—Pero encontramos el pueblo.

—Por casualidad.

—Por olfato.

—En tu caso, las dos pueden acabar en la misma cosa.

—No se preocupe, mijo. Las recién casadas siempre tienen razón.

Una señora los alcanzó desde uno de los puestos de naranjas.

—No, señora, no estamos casados. Solo somos bibliotecarios buscando una puerta.

—Claro, mija, yo también decía eso antes de aceptar que mi marido ya era mi marido.

—Qué señora tan rara. ¿Y tú por qué no nos defiendes?

—…

—¿Nicodemo?

—Empiezo a sospechar que nunca se ha tratado del frío.

—¡¿Qué se supone que significa eso?!

—Recién casados.

—¡Señora!

Para alivio de ambos, la extraña señora cambió de tema:

—¿Naranjas? No encontrarán mejores que estas a lo largo y ancho de Lurra. Cultivadas donde saltan los ríos en el abismo del este. ¡Curan cualquier dolencia del alma!

—¿En serio?

Ann abrió los ojos como platos. Nicodemo le puso una mano de advertencia en el hombro.

—No vamos a comprar naranjas de procedencia dudosa. Primero necesitamos encontrar alguna puerta a La Biblioteca o algún lugar donde pasar la noche.

Ann se desilusionó bastante; tenía muchas ganas de probar unas naranjas que venían de tan lejos, curaran dolencias o no.

—¡Oiga, mijo, son naranjas del Fin de Lurra al este! Solo crecen en los abismos de las islas flotantes de allí. Pensé que una pareja de forasteros apreciaría mejor la mercancía que los locales.

Ahora que la feriante lo mencionaba, los locales eran escasos entre los puestos de la feria.

Demasiado pan sin vender.

Demasiados cajones llenos.

Demasiados puestos abiertos para tan pocos compradores.

Lo peor:

Los feriantes eran los que se esforzaban por mantener un clima de fiesta. Los locales solo estaban observando desde las puertas de sus casas o desde pequeños grupos de no más de dos integrantes, apartados en la plaza.

Ann miró en derredor, extrañada. Hasta donde ella recordaba, en su propia Ñotama, no muy diferente de aquel pueblito, una feria era el acontecimiento del año. Pero allí nadie parecía especialmente interesado en frutas exóticas, en intercambiar noticias o en regatear chichumejos raros con los feriantes. Ni siquiera en abastecerse de provisiones comunes. Tampoco había niños corriendo o jóvenes paseando en torno a los puestos.

¿Por qué los locales no los reciben tan bien como deberían? Algo extraño debe de estar pasando.

Miró a Nicodemo con la intención de comprobar si él se había dado cuenta de lo mismo, pero no lo pudo asegurar. Este solo observaba la comida como quien llevaba toda la mañana sobreviviendo con los restos de una mulita asada a las brasas la noche anterior. De todas formas, saber qué pasaba por aquella estructurada cabeza era más difícil que hacer hablar a Vaca.

—¡Deja de mirar mis naranjas, muchachito! No creas que voy a olvidar tan fácilmente que has puesto en duda mi integridad como feriante.

—No seas tan bruta con los clientes, Carlota —dijo un hombre con el rostro surcado de arrugas del camino, probablemente su marido, al tiempo que partía una de aquellas naranjas y le extendía una mitad a cada uno—. Se nota que estos gurises no han comido bien últimamente.

Ann no se lo pensó dos veces: exprimió el jugo de la fruta directo a la boca, a pesar de la protesta silenciosa de Nicodemo: No comas lo que te ofrecen los desconocidos. Esas cosas hacían que su fuego interno crepitara de rabia.

—Estoy defendiendo nuestro honor de feriantes, Alberto. ¿Ahora ves lo que te digo, gurisa? Con ciertos hombres es mejor fingir que una no está relacionada.

Nicodemo y Alberto compartieron una mirada de complicidad que Ann prefirió ignorar.

Al tragarse la fruta, algo inesperado le sucedió. Su corazón ardió con una calidez reconfortante, como cuando uno toma un té para aliviar la gripe y automáticamente se siente mejor.

—Se siente… como si me hubieran abrigado el corazón.

—Lo ves, gurisito insolente. ¡Las naranjas son para curar dolencias del alma!

Entonces el único niño que se escondía detrás de la falda de su mamá se acercó con abierto entusiasmo.

—¡Mamá! ¡Hay que llevarle unas a doña Matilde! Eso la va a ayudar a sentirse mejor hasta que vuelva Juancito.

—¡Mocoso bocabierta! ¡No te enseñé yo a no andar contando las cosas del pueblo a los forasteros! ¡Te voy a abandonar con el viejo de la bolsa!

Y, escandalizada hasta la médula, la madre arrastró al hijo hacia una de las casas del pueblo, mientras el chiquillo rogaba que le compraran naranjas de esas para doña Matilde.

Ann se estremeció ante la idea del viejo de la bolsa y recordó a otro bocabierta que, curiosamente, no hablaba, pero siempre se las arreglaba para hacerla pasar vergüenza. No pudo sino compadecerse de la señora. Aunque el viejo de la bolsa fuera cosa muy seria.

Nicodemo había observado todo con esa calma inamovible de las piedras, pero Ann sospechaba que había registrado toda la escena y que comenzaba a darse cuenta de que algo raro pasaba en el pueblo. Aun así, no dijo nada y se limitó a comprar seis naranjas.

—Ven, vamos al santuario antes de que empieces a indagar qué pasa y hagas que todos los locales nos odien por metiches.

Ella no pudo contradecir aquel argumento.

Nicodemo abrió la puerta de entrada al santuario y, para descontento de Ann, esta no daba a una sala de La Biblioteca, sino a un santuario de pueblo común y corriente. Él ingresó como si de alguna forma se lo esperara, pero ella aguardó un rato más en la puerta. La cerró, la volvió a abrir. Pero nada. Al otro lado se podía ver la estancia rectangular, con su ventana alta al fondo y los bancos dispuestos desordenadamente alrededor del espacio central. Tal vez necesita que los dos estemos del mismo lado. Entonces cruzó el umbral y volvió a intentar cerrar y abrir la puerta para que La Biblioteca se dignara a dejarles paso. Tampoco.

La desesperación le cayó un poco por encima, porque a esa altura Vaca ya correría por todas partes sin poder encontrarla y el único otro que lograba tranquilizarlo estaba allí con ella.

Miró a Nicodemo por encima del hombro; este se había sentado en uno de los bancos con las manos entrelazadas y expresión serena. Ann no podía creer que se pusiera a orar cuando tenían que encontrar la forma de regresar, pero su postura poco solemne delataba que solo observaba lo que ella hacía. Dio vuelta la cara con aire ofendido y se puso a recorrer el lugar en vez de sentarse.

Todos los bancos parecían pertenecer a alguien en concreto: había algunos que olían mucho a yuyos; otros, a tierra mojada; algunos estaban descomponiéndose —esos de seguro pertenecían a viejas familias de hongos—; otros desprendían el inconfundible olor metalizado de familias minerales. Nada exageradamente puro, pero sí lo suficiente como para identificar algún pariente lejano y para que el resto se asentara como parte característica de la mezcla de reinos. Lo raro era que todos devolvían una inquietante sensación de espera.

Quiso comunicárselo a Nicodemo, pero este ahora tenía la cabeza ligeramente inclinada y la vista perdida; la luz del sol le caía sobre un costado y se podían ver las diminutas hadas de polvo flotando a su alrededor. Claramente estaba abstraído en algún pensamiento suyo, e interrumpirlo le pareció un sacrilegio. Seguramente arrastraría alguna protesta, además.

Así que siguió su camino de recorrida. Ahora el silencio le parecía más incómodo; parecía apuntar hacia su culpa. Pero decidió ignorarlo y pronto llegó hasta la mesa lateral. Allí la recibieron la jarra con agua, montoncitos de papel suelto, tinta y un cuaderno lleno de peticiones. Antes de tomar un papel y anotar que quería regresar con Vaca, decidió abrir el cuaderno, y lo que descubrió no hizo más que aumentar su inquietud.

Al principio todo era normal, lo típico que uno espera encontrarse en un cuaderno así: el regreso de José —escrito varias veces como Josué nada más abrir el cuaderno—, seguido de enfermedades, nacimientos, cosechas, viajeros, reconciliaciones… Algunas peticiones tenían pequeñas anotaciones de agradecimiento o fechas de respuestas. Pero, a medida que avanzaba en su lectura, las peticiones ya no tenían notas al margen. La mayoría trataba sobre las guerras que se estaban dando en el perímetro de Ziomest, entre los reinos, algo raro para un pueblo de Ziomest adentro que vivía aislado del mundo. Hasta que finalmente llegó a una página donde entendió por qué.

De un lado decía:

«Los que se fueron»

Y una lista de quince nombres, todos con distinta fecha de partida, salvo los dos últimos: un tal «Juancito» —seguramente el mismo que había mencionado aquel bocabierta en la feria— y otro de nombre «Facundo», que habían partido el mismo día, hacía seis meses.

Del otro lado, la página estaba encabezada por «Los que volvieron». Pero ese lado estaba completamente vacío. Sintió el peso de la espera con toda su fuerza sobre el pecho, como una aplastante agonía de desesperación, y entendió que ese pueblo estaba viviendo una de las consecuencias más horribles de las ridículas guerras entre puros y mestizos. La ausencia de los seres queridos, no saber si estaban bien, no saber si regresarían jamás.

Pero el pueblo aún los esperaba. Recorrió las páginas sucesivas a su hallazgo y se encontró con que los nombres se repetían sin cesar, todos con la imploración de que regresaran: «Por el regreso de…», «Para que encuentre el camino…», «Que vuelva antes de…», «Seguimos esperando…». Ya no había peticiones por otra cosa que no fuera el regreso de los quince que habían partido, y no quiso seguir leyendo. Levantó entonces la vista del cuaderno y volvió a observar los bancos. Comprendió que no estaban vacíos, sino llenos de los lugares que la gente había conservado para quienes no regresaban. Reconoció que esa espera se había vuelto un callejón sin salida para el pueblo, no porque esperar estuviera mal, sino porque aquello se había convertido en una obsesión que no los dejaba vivir con tranquilidad. Como si el regreso de los ausentes marcara el punto en el que el pueblo podía volver a comportarse con normalidad, y no antes.

Con el peso de toda esa ausencia instalado como plomo sobre el pecho, ella fue a sentarse muy quieta junto a Nicodemo.

—Al principio no venían solamente a pedir por los ausentes —intervino él, todavía con la mirada perdida, rompiendo el silencio denso que se había instalado en aquel santuario de oración.

—No —contestó ella con mucha solemnidad.

—Los ausentes empezaron a irse de a poco.

—Sí. A alguna de las guerras en la frontera.

—Hay una espera que pesa sobre el pueblo, y no es normal.

—Sí.

Hubo otro momento de silencio mientras ambos asimilaban lo que el otro ya sabía.

—La puerta no va a aparecer, ¿verdad? —aventuró Ann.

—No lo sé.

—Pero no podemos irnos.

—No.

—¿Entonces qué hacemos?

Él suspiró y le dirigió la mirada por fin.

—Supongo que habrá que buscar alojamiento, por si nuestra espera se prolonga más de lo necesario. Me niego a dormir a la intemperie otra vez.

—La pulpería del pueblo sería el lugar obvio: funciona como alojamiento para forasteros, pero además nos puede servir como punto de partida para saber exactamente qué está pasando.

—No creo que preguntar directamente sea la manera de conseguir información en este pueblo.

Ann lo miró, seria en un primer instante y soltó la carcajada al siguiente.

—¡En ningún pueblo obtendrás información de verdad si preguntas directamente!

Nicodemo, enrojecido por su torpeza, respondió entonces:

—Bueno, entonces te dejo la tarea de preguntar a ti. Necesitamos saber por qué esperan tanto a los que se fueron y por qué se aferran a esa espera.

Ella asintió con la cabeza al tiempo que decía:

—Bien, primero vamos y pedimos alojamiento, compramos algo para comer...

—¡Sí, por favor!

—¡No me interrumpas! Compramos algo para comer y, mientras yo hago todo eso, tú presta atención a las conversaciones de los comensales: seguramente estén comentando algo.

Ambos se miraron, asintieron y salieron del santuario con absoluta resolución y un plan.

Plan que, unos minutos después, verás desbaratarse. Pero primero, en el camino se les unió Carlota, que iba a ver si vendía algo de lo que llevaba. «Como mínimo, en la pulpería me tienen que comprar algo —les decía por el camino—. Todo el invierno con los caminos cerrados, y ahora, en el mes del sol, cuando empieza a secarse el barro, algo tienen que necesitar estos malnacidos». Estaba indignada con el pueblo; eso era claro. Ann sabía que los pueblos podían regatear con los feriantes, desconfiar de ellos y hablar mal de sus mercancías. Lo que no podían permitirse era ofenderlos tanto como para que no regresaran. Seguía sin entender por qué no querían forasteros, pero estaba por averiguarlo de inmediato. Porque ya estaban entrando a la pulpería.

Por las ventanitas cuadradas de la puerta se colaba el sol tibio del invierno; unos parroquianos jugaban a los naipes mientras apostaban sus nabos bailarines en una mesa junto a la puerta. Enfrente se extendía el mostrador, varias veces reparado, donde dos señoras cotilleaban a un lado y un borracho roncaba en el otro extremo. El pulpero, de espaldas, acomodaba piedras de frío, sal mineral y tientos de raíz en unos inmensos estantes, igual de vacíos que los cajones del fondo. Nada que realmente se pudiese necesitar en esa época del año y, desde luego, nada de la canasta básica para un ziomestniano común. La que parecía ser su esposa llegaba con una bandeja grande de pan recién horneado; por lo menos tenían harina, observó Ann. El olor hizo que le rugieran las tripas, y casi pudo escuchar el estómago de Nicodemo también.

El lugar parecía casi normal. Casi porque la conversación de las señoras bajó de tono cuando ellos entraron y solo se escuchó un apagado cuchicheo. Los parroquianos de los naipes bajaron sus cartas y la magia que alimentaba a los nabos bailarines se detuvo en seco. Uno incluso rodó por la mesa con el repentino cese de su baile y fue a parar a los pies de Nicodemo, que lo devolvió a la mesa con la esperanza de entablar conversación, pero la cara de pocos amigos del paisano lo hizo retroceder de inmediato. Ambos compartieron una mirada de preocupación: aquel no parecía el lugar que usualmente explica el pueblo, sino el que lo ayuda a callarse.

Por un rato todo el mundo fingió que estaba ocupadísimo en sus asuntos. Salvo el borracho dormido, que pegó un ronquido y sobresaltó al pulpero. Eso bastó para que se diera la vuelta y no tuviera otra que hablar con los recién llegados.

—¿Qué buscan aquí? —dijo con tono absolutamente seco.

Ann y Carlota se adelantaron como invocadas ante un jurado muy serio. Esta última apoyó la canasta con su mercancía sobre el mostrador pero no dijo nada. Entonces Ann intervino.

—Buscamos alojamiento para quedarnos unos días.

—No es noche para quedarse.

—Hay una feria en la plaza; yo diría que sí lo es.

—No tenemos lugar.

Otra noche a la intemperie.

—Entonces queremos pan.

La pulpera apartó dos panes, los puso en una bolsa y se los alcanzó por el mostrador. Ann los tomó y dejó que Nicodemo pagara los panes. Entonces se volvió en derredor y preguntó como por casualidad:

—¿Los hombres que faltan son los que fueron a la guerra?

Los murmullos se cortaron en seco, pero nadie les contestó. Entonces ella probó con otra cosa:

—Había quince nombres.

Una de las señoras enfrentó su mirada. En el clavo.

—Entonces, ¿están esperando que los quince regresen de la guerra?

—Vaya forma de no preguntar directamente por el problema —comentó Nicodemo por lo bajo junto a ella. Ann decidió ignorarlo.

—Trece fueron a la guerra —comentó uno de los jugadores de naipes.

—Los otros dos se fueron después —continuó otro, que enseguida se calló ante la mirada funesta del pulpero.

Alguien tendrá una deuda más grande anotada a fin de mes. Pero ahora que habían empezado a hablar, no los iba a detener por compasión hacia sus cuentas con la pulpería. Les preguntó adónde.

—Salieron detrás de cuentos de hadas.

—¿Qué buscaban exactamente? —intervino Nicodemo.

—La luz verdadera, decían. Pero salieron a buscar una puerta a La Biblioteca.

Ambos intercambiaron miradas; Nicodemo continuó la conversación.

—Nosotros venimos de allí.

—¿Y los tienen retenidos por ahí?

—La Biblioteca no retiene a nadie.

Ann se puso en actitud desafiante, y los dos paisanos dispuestos a hablar guardaron silencio. Sin embargo, se acomodaron en las sillas de tal modo que se podía ver la reluciente plata de la empuñadura de cada facón. Nicodemo extendió su brazo para retener a Ann con un movimiento discreto. Evidentemente alarmado por lo que podría suceder, le dirigió a ella una mirada que decía más tarde hablaremos de esto.

—No buscamos problemas —continuó aclarando él. Se dirigió a los hombres, pero Ann entendió que el comentario también iba para ella—. Salimos de La Biblioteca ayer, nos perdimos y no podemos encontrar una puerta de regreso. Necesitamos dónde quedarnos por mientras, y este parece ser el único pueblo en varios kilómetros a la redonda.

Miró en dirección al pulpero, esperando que este se compadeciera y les proporcionara alojamiento, pero el aludido sacudió la cabeza.

—Trece salieron detrás de los rumores de guerra. Dos salieron a buscar su Biblioteca. Nadie ha regresado. No tenemos puertas aquí para perseguir fantasmas.

—Pero el Maestro puede ayudarlos; estoy seguro de que, cuando se abra una puerta, él mismo los ayudará a encontrar a sus hombres.

—Ese hombre no es el Maestro —contestó el borracho, que ahora estaba despierto y participaba como si hubiera estado consciente durante toda la conversación.

—El Maestro vendrá por Ziomest. No se esconderá detrás de puertas que aparecen y desaparecen —añadió uno de los paisanos.

—Si fuera quien dice ser, sabría dónde están —corroboró una de las señoras.

Ante tantos argumentos fatalistas, el fuego interno de Ann empezó a arder con furia. ¿Quiénes se creían que eran esos pueblerinos para no creer en el Maestro? ¡Y encima decir que se esconde! Nicodemo volvió a advertir el cambio en el temperamento de Ann y puso la mano sobre su hombro. Una brisa fría, procedente de ningún lugar, le recorrió la cara y el calor de la ira se disipó. Nadie pareció advertir aquello, pero igual Ann se ruborizó. Él no le prestó atención a eso e hizo un último intento con el pulpero.

—Le aseguro, señor pulpero, que el Maestro es quien debe ser. Las guerras de los reinos puros no son cosa de los ziomestnianos y, cuando él haga lo que vino a hacer, el orden en Lurra será restaurado.

—Ustedes no conocen realmente Ziomest ni pueden venir a explicarnos qué necesita.

—También somos mestizos.

—¿Mestizos? ¿Con esa cara de piedra? —Señaló a Ann con la barbilla—. ¿Reaccionando como animales? Demasiado puros como para andar hablando de orden. No queremos nada con su Maestro o su Biblioteca por aquí. Buenos días.

—¡Ejem! —interrumpió Carlota, con la canasta de cosas aún apoyada en el mostrador.

El pulpero se volvió hacia ella.

—Yo no sé nada de Bibliotecas ni Maestros. Pero soy feriante y traigo cosas que ustedes no tienen. Como, por ejemplo, estas naranjas del Fin de Lurra. Solo crecen en los abismos de las islas flotantes. ¡Y curan cualquier dolencia del alma! Que de eso sobra en este pueblo.

—Nadie le comprará cosas que anuncie como cura para dolencias del alma en este pueblo. ¡Vieja charlatana!

—Bueno, entiendo que no estén en condiciones de adquirir una mercancía tan exótica. Pero también traigo cosas que veo que les hacen falta —comentó, señalando hacia los estantes y cajones vacíos del local—: azúcar, yerba, papas, zanahorias, harina...

—El último pucho de harina lo usé con los panes, Agustín —intervino la esposa del pulpero, en una especie de lamento ahogado.

—Lo ve, don Agustín: a ustedes les faltan cosas.

—¡No nos falta nada! ¡Lárguese! ¡Llévese sus chucherías lejos de aquí! ¡Ramona! ¡Cómo se te ocurre...!

El pulpero, rojo de rabia —vaya, hablando de gente que reacciona como animal—, se ocupó de regañar a su mujer por andar revelando el estado de la pulpería a unos forasteros. Y los tres susodichos salieron en silencio por la puerta de vuelta a la calle.

Ya fuera de la pulpería, Carlota se acomodó el poncho con mucha dignidad y tomó a Ann del brazo. Esta deseaba poder envolverse en el suyo propio y esconderse por un rato en la lana abrigada que le recordaba a su mama.

—Ustedes vienen conmigo. Pero mira que negarse a comprar, ¡con el trabajo que una pasa para elegir lo mejor de lo mejor y revender por todo Lurra! ¡Por todo Lurra! No somos de los que se quedan solo en Ziomest. ¡Les llevamos todo a todos! ¡A todos!

—Cálmese, doña Carlota —dijo Nicodemo. Por un momento, Ann pensó que él iba a hacer aquello del viento con la señora que la llevaba bien sujeta del brazo, pero ni se movió y ella se sintió extraña al respecto. En cambio, continuó hablando—: este pueblo está en pausa por los que se fueron. No creo que sean los primeros feriantes a los que rechazan, pero ahora está a la vista que ya casi no les quedan provisiones.

Sacó uno de los panes, lo partió y le alcanzó la mitad a Ann. Siguió hablando:

—No salió como lo planeamos.

—Nos fue fatal.

—Otra noche durmiendo a suelo pelado.

—¡De eso nada, gurises! Se quedan con nosotros. ¡Yo le voy a enseñar a este pueblo un par de modales! Mira que dejar a una pareja joven a la intemperie con este frío. ¡Qué pueblito malnacido!

—¡No somos pareja! —insistieron los dos al mismo tiempo, para alivio y tranquilidad de Ann.

—Sí, sí, mijos. Vamos, que en el campamento tengo leche y queso para acompañar ese pan.

Aún enganchada al brazo de Ann, Carlota los condujo por la calle de entrada al pueblo, cruzó la plaza, donde otra familia atendía los puestos vacíos de clientela, y los llevó hasta el campamento de feriantes en un baldío al otro lado de la plaza. Allí, un olor a casa improvisada llenó la nariz de Ann; Alberto, que en ese momento reparaba la rueda de uno de los carros, levantó la mirada interrogando con ella a su esposa. Carlota, por su parte, sacudió la cabeza negativamente y pasó al interior de una tienda, de donde regresó a los pocos minutos con la prometida leche y el queso, más un dulce de membrillo que no estaba en la oferta anterior.

Mientras tanto, Alberto, adivinando lo que había pasado —o quién sabe, tal vez acostumbrado a la forma de ser de Carlota—, entendió que aquellos gurises se iban a quedar por allí y los acomodó junto al fuego. También les ofreció un lugar donde dejar sus cosas, que no eran muchas. Cuando Carlota regresó, esta tomó de las manos de Nicodemo el pan que les quedaba, lo partió, lo rellenó con el queso y el dulce y puso la leche en un cazo a calentarse al fuego al tiempo que decía:

—¿Podés creer, Alberto, que los iba a dejar quedarse en la calle? Que no me compraran nada no me sorprende tanto como eso. ¡Menos mal que estaba ahí para rescatarlos!

—Se ven de buena madera, Carlota; seguro que se las arreglaban de alguna forma —les dijo al tiempo que les guiñaba un ojo—. ¿Supiste al menos qué es lo que pasa? ¿Por qué nadie nos compra nada después de un invierno como el que tuvimos?

—Parece que hay gente que se fue a la guerra y no ha vuelto; la espera ha paralizado al pueblo de alguna forma —intervino Ann ante la simpatía que le causó el matrimonio.

Nicodemo ni siquiera se molestó en hablar: se abalanzó sobre el refuerzo como un ave rapaz y bajó en un instante el jarro de leche caliente; Ann no supo por qué no se quemó. Ella aprovechó para calentarse las manos en el que Carlota le alcanzó.

—Ah, las guerras —continuó Alberto con tono cansado—. Oímos rumores en el camino; parece que ahora el reino piedra se levantó contra el reino vegetal a unos cuantos kilómetros de aquí. Me sorprende que esos monstruosos cabezas de piedra se hayan movido. Sin ánimo de ofender, amigo —comentó, dirigiéndose a Nicodemo, que apenas si contestó con lo que pretendía ser un «Descuide», aunque sonó más a «D-s-ide» porque tenía la boca llena de pan.

—Algún día el Maestro regresará y les pondrá fin —comentó Carlota como quien menciona un viejo refrán.

Nicodemo tragó y ahora sí habló con claridad.

—El Maestro ya está entre nosotros, pero hará algo distinto a lo que esperábamos.

Alberto levantó una ceja, sorprendido, pero no escéptico.

—Ah, sí, ellos vienen de La Biblioteca, dicen. Se me olvidó mencionarlo.

—¡Cómo se te va a olvidar semejante cosa, Carlota! Entonces, muchachos, ¡por fin el Maestro se sienta en la silla de Josué!

—José. El fundador de La Biblioteca era José —lo corrigió su mujer.

—Bueno, ese. ¿Y qué hará el Maestro entonces si no es dirigir a Ziomest hacia la paz?

—Bueno, lo hará. Sí dirigirá a Ziomest hacia la paz, pero no mediante otra guerra, como todo el mundo espera. Vino a restaurar el orden natural de nuestro mundo, no las fronteras que nosotros levantamos.

—¿Y cómo hará eso, gurí?

—De eso no estoy muy seguro. Pero tengo fe plena en Él.

Alberto lo miró a los ojos, como si buscara en él algo que permitiera fiarse de sus palabras. Luego, tras un instante de silencio, dijo por fin:

—No sé si comprendo lo que quiere hacer, pero te creo. El Maestro puede contar con nosotros.

El corazón de Ann dio un vuelco de alegría; por lo menos habían encontrado personas confiables en medio de aquel pueblo tan hostil. Le dedicó una sonrisa de triunfo a Nicodemo, queriendo decirle que no había sido tan en vano su caída en ese lugar. El otro, por su parte, le devolvió una media sonrisa, algo que estaba a medio camino entre «tirarse por la ventana no fue una idea tan loca después de todo» y «todavía no te confíes».

Como para quitarle solemnidad al momento, Carlota les comentó:

—Después que terminen de comer, pueden lavarse en la cañada. Siguiendo esa calle llegan enseguida.

Ann levantó la cabeza.

—¿La cañada?

De pronto parecía bastante menos interesada en su pequeña victoria.

—Todavía debe de haber gente —añadió la feriante—. No es tan tarde.

Ann miró a Nicodemo con una sonrisa bastante diferente a la anterior.

—Tenemos que ir.

—¿A lavarnos?

—También.

VI — Tarde del segundo día

Cuando terminaron de comer, el sol todavía estaba lo bastante alto como para que un par de mujeres siguieran lavando ropa en la cañada. Dejaron todo lo que no necesitaban en el lugar que Alberto les había apartado y tomaron la calle que conducía al resto del pueblo. Ann avanzó primero. Si las muchachas sabían algo sobre los quince ausentes, pensaba averiguarlo.

—¿Para qué vamos exactamente a la cañada? —preguntó Nicodemo, que todavía no se había percatado de su plan.

—En mi pueblo, si quieres saber qué está pasando, primero preguntas en la pulpería.

—Eso ya lo intentamos.

—Por eso vamos a la cañada. Las mujeres que lavan la ropa son la segunda fuente de información de un pueblo.

—No sabía que hubiera una segunda.

—Claro que la hay.

—Comprendo. Bueno, sabemos que quince se fueron y no volvieron: trece a la guerra y dos a buscar una puerta a La Biblioteca. Lo que no sabemos es por qué ni para qué, y tampoco quiénes son Juancito y doña Matilde.

—Lo averiguaremos. Esta vez con discreción.

Nicodemo no hizo ningún comentario al respecto.

Justo antes del puente, que al parecer llevaba al camino viejo, algo le llamó la atención. Había una casa cerrada y sin signos de vida, algo posible en cualquier pueblo, pero las señoras que subían de la cañada con las palanganas llenas de ropa limpia se mantenían bien apartadas de esta. Incluso cuando sus casas parecían quedar para ese lado, ellas daban un rodeo demasiado exagerado para alguien que llevaba carga. Ann miró a Nicodemo para saber si este se había percatado de lo mismo. Él no dijo nada, pero le devolvió la mirada de curiosidad.

En lugar de cruzar el puente o de irse para el otro lado en dirección a unos sauces, que hubiera sido lo más natural para alguien que buscaba asearse, Ann bajó en dirección a la zona de lavado, donde un puñado de mujeres, en su mayoría jóvenes, golpeaba la ropa mojada o la restregaba contra las piedras. Aquí y allá se distribuían distintos rincones acondicionados para el lavado y, entre golpeteos, chapoteos y murmullos del agua, resonaban conversaciones cruzadas. Era justo lo que ella esperaba encontrar; con lo que no contaba era con la atención con que aquellas mujeres los observaban.

Al principio no le dio importancia: pensó en la hostilidad del pueblo hacia los forasteros. Pero, cuando se incorporó después de lavarse la cara, vio cómo todas seguían los movimientos de Nicodemo, quien, a su vez, se había sentido observado y pretendía esconderse detrás de ella. Ann se apartó lo suficiente como para que nadie los volviera a interpretar como pareja y quedó cerca de una joven que, con descaro, le preguntó:

—¿Es tu marido?

—No estoy casada, gracias a Elohim. ¿Tú?

—¡Ojalá lo estuviera, pero todos los hombres disponibles se han ido a la guerra!

—Eso no es cierto —gritó la más cercana—. Jorge y yo nos comprometimos antes de su partida.

—Da igual, no hay hombres. ¡Todos se fueron!

—¡A combatir por causas nobles! —añadió otra.

Una señora golpeó la ropa contra la piedra; otra escurrió unas sábanas.

—No todos.

—Bueno, trece sí.

—El pueblo y sus alrededores perdieron a sus jóvenes.

Una sacudió la cabeza.

—Después de una Luna Hueca no conviene esperar regresos.

—No seas tan pesimista, Andrea; quizá el cambio de año traiga noticias.

—Dejate de cosas, Camila; el año nuevo no traerá hombres nuevos. Algunos ni a hombres llegaban; eran solo unos niños.

Una señora, evidentemente mayor que las demás, golpeó una camisa con demasiado ímpetu.

—Hicieron lo que debían, no como esos dos que se fueron detrás de cuentos de hadas.

Las demás callaron y volvieron a sus labores.

—¿Y qué se fueron a hacer esos otros dos?

La señora mayor la miró con cara de pocos amigos, pero la que se llamaba Camila le comentó al pasar:

—Fueron a buscar La Biblioteca. Y desde que se fueron, doña Matilde ya no sale de casa. Dijo que hasta que su Juancito no regresara, este pueblo no iba a volver a respirar con normalidad. Da miedo pasar por enfrente.

—¡Ay, sí, qué horror! Dicen que si pasas por su vereda, hace más frío que al otro lado de la calle.

—¡Y que se escuchan ruidos espeluznantes en la madrugada!

—¿Y el otro? ¿Facundo?

—Facundo fue el de la idea: leyó un libro en el santuario de oración y salió con la idea de que La Luz Verdadera existe. ¡Imaginate!

Ann buscó la mirada de Nicodemo; una muchacha esparció ceniza sobre una prenda muy sucia.

—Un montón de pavadas, pero Juancito le creyó; se fueron a buscar La Biblioteca y ahora su madre llora por su regreso.

—Igual que el resto del pueblo por los demás.

—Sí, pero lo de Matilde es raro. Me da escalofríos esa señora.

—¡Si por lo menos La Biblioteca no nos hubiera abandonado!

—Se fueron los muchachos y desapareció ella también.

—Yo recibí mi profecía cuando cumplí dieciséis este año.

Ann reparó en una muchacha que llevaba tiempo observándola, pero se mantenía callada. Cerca de Ann, un niño, el mismo bocabierta de antes, jugaba en el agua. La miró como para decir algo, pero la señora lo mandó volver a jugar. Ann levantó una ceja.

—Eso fue solo una entrega —le respondió otra señora.

—Entonces vino.

—No es lo mismo.

Nicodemo, que hasta ese momento se había mantenido a una distancia prudente, se le acercó por detrás.

—Podría ser la chica de la que habló Sienna hace un par de meses, la que parecía sorprendida de que La Biblioteca todavía existiera y preguntó por dos personas —le susurró.

—No es la primera vez que escuchamos sobre Juancito y Facundo —comentó ella en un susurro igual de imperceptible.

—¿Segura que no son pareja?

—Segurísima.

—¿Y está comprometido?

—Nosotros venimos de La Biblioteca; no ha desaparecido —comentó Nicodemo, queriendo volver al tema.

—¡Vienes de La Biblioteca! ¿Y qué tal es?

—¿Hay más hombres trabajando contigo?

—Bueno, somos doce trabajando allí, más el Maestro. Claro que hay otros hombres.

Ann sacudió la cabeza; ese comentario iba a desatar más preguntas sobre los hombres de La Biblioteca y menos respuestas sobre los que faltaban allí.

—¿Todos tienen bucles de oro como tú?

—¡Qué! Bueno, no.

Ann dejó que interrogaran a Nicodemo al tiempo que intentaba acercarse al niño. Este la miraba de hito en hito, pero no lograba hablar porque la señora mayor lo vigilaba con atención. Después miró a la muchacha que había recibido su profecía ese año y ella le devolvió la mirada. Luego ambos miraron a Ann como queriendo decir algo, pero la presencia de la doña se los impedía. Ann tomó nota: después buscaría el momento oportuno para hablar con ellos; ahora tocaba salvar a Nicodemo, que, sin darse cuenta, había metido los pies en el río al verse presionado por un coro de mujeres que le hacían preguntas sobre la edad, la apariencia y la disponibilidad de los hombres de La Biblioteca. Sin mediar palabra, lo tomó de la manga de la túnica y lo sacó fuera del alcance de las lavanderas.

Volvieron a pasar por la casa rara. Ahora sabían quién vivía allí; todavía no sabían qué había pasado. Ella pisó el pasto con la intención de golpear la puerta, pero Nicodemo la detuvo. «Todavía no. Vamos a ordenar lo que sabemos primero», le indicó este, y siguieron su marcha hacia el campamento.

Una vez allí, Nicodemo se quitó las sandalias y las medias empapadas y las dejó junto al fuego mientras intentaban ordenar lo que sabían hasta el momento: trece hombres del pueblo y los alrededores se habían ido a la guerra, en su mayoría jóvenes, algunos incluso casi niños. El pueblo esperaba su regreso con impaciencia o, por lo menos, noticias de ellos. Después, otros dos jóvenes habían partido en busca de La Biblioteca. Facundo había leído en el santuario de oración acerca de una Luz Verdadera y Juancito había creído en su hallazgo. Como ellos tampoco regresaron, la gente empezó a contarse que La Biblioteca los había abandonado. Lo que claramente no era cierto. Y el hallazgo en este pueblito resolvía el misterio del caso curioso comentado por Sienna unos meses atrás, cuando le tocó entregar una profecía y fue recibida por una chica que estaba sorprendida de que La Biblioteca no se hubiera olvidado de ella.

—Y eso es todo lo que sabemos hasta ahora —dijo Nicodemo después de un breve silencio.

—Falta lo de la madre de uno de ellos y lo de la casa rara. Me parece que la muchacha de la profecía y el niño de esta mañana nos querían decir algo, pero la señora no los dejó.

—¿Ah, sí? No lo noté.

—Estabas demasiado ocupado en tu papel de ricitos de oro —le contestó ella sin esforzarse por ocultar la risa.

—¿Qué deberíamos hacer ahora? Porque no creo —añadió con reproche— que la señora quiera darnos explicaciones. Si ni siquiera habla con los del pueblo, menos con nosotros, los bibliotecarios que se llevaron a su hijo.

—No nos llevamos a nadie.

—Anda a convencerla de lo contrario.

Ambos suspiraron resignados. Por el momento, ninguno de los caminos que tenían parecía accesible: Matilde no salía de casa y los otros dos posibles informantes estaban bajo la vigilancia de los mayores. Avanzar en el caso y acercarse, aunque fuera solo un poco, a que La Biblioteca les volviera a abrir una puerta parecía una tarea bastante imposible. Carlota también suspiró junto con ellos, pero lo suyo era la resignación a ver un pueblo negarse a continuar su curso, al punto de morirse de hambre, solo porque la espera les impedía reanudar todo lo demás.

Una muchacha, cargando con un latón de ropa húmeda, pasó demasiado cerca del campamento. Otra, que Ann identificó como Camila, la que se le había acercado a hablarle de los que se fueron a buscar una puerta a La Biblioteca, regresaba de su casa y fue a alcanzar a la primera. Ambas se detuvieron, aún cerca del campamento, y dirigieron miradas por encima del hombro en dirección a Nicodemo.

—¡Ah, si tan solo tuviéramos una forma de llamar la atención del pueblo! —comentó Carlota, suspirando otra vez.

Otro grupito de muchachas pasó cerca del campamento y repitió el gesto de cuchichear mirando a Nicodemo.

Aquello no pasó inadvertido para las dos, que enseguida se miraron.

—Una forma de llamar la atención del pueblo... —dijo Ann.

—¿En qué están pensando? —preguntó Nicodemo, que alcanzó a darse cuenta de que algo tramaban.

Alberto se limitó a palmearle el hombro en señal de compasión.

—Andá, gurí, colaborá con nosotros, hacelo por el pueblo también.

Él no respondió enseguida, dividido entre el genuino deseo de ayudar, que Ann sabía que tenía, y la incomodidad que le suponía ser el centro de atención. Ann, en cambio, se reía como si le estuvieran haciendo cosquillas.

—Todavía tengo los pies mojados —protestó él—. Me puedo cambiar los tabi, pero las waraji demorarán en secarse y me van a mojar el otro par.

—Se te van a secar mientras caminas —aseguró Ann.

—¡Eso no funciona así, Ann! —se volvió a quejar—. Está bien —agregó resignado—. ¡Pero no te rías!

Ann rió con más ganas, si es que se podía. Pero ante la seria mirada de Nicodemo intentó recomponerse. Él volvió a ponerse el calzado, todavía húmedo, y los cuatro juntos cruzaron la calle en dirección a la plaza.

Un instante después y Nicodemo estaba entre los puestos de comida, productos de la canasta básica y chucherías raras, ofreciendo la mercancía a las muchachas que lo miraban con atención. Al principio, las que volvían de la colada se habían reunido en grupitos aquí y allá, aún sin acercarse demasiado. Entonces una de ellas, a la que Ann reconoció como la chica de la profecía, se acercó y compró harina, levadura viva y un par de naranjas del fin. Entonces vinieron las demás. Poco a poco, el mercado se llenó de muchachas que pedían todo tipo de cosas, todas esperando que Nicodemo fuera el que las atendiera. Y ya no solo ofrecía, sino que además vendía. Lo que causó un poco de confusión al principio porque tenía que preguntar cuánto valía cada cosa y a quién pertenecía cada puesto. Pero Carlota se puso a su lado y enseguida el flujo de clientes comenzó a circular.

Entre el coro de gente que ahora rodeaba la feria, la muchacha de la profecía y el niño de antes le hicieron señas para que los siguiera. Ann, viendo que se le presentaba sola la oportunidad de avanzar en el caso, se encaminó hacia ellos. Pero Nicodemo la cinchó de la falda cuando pasó por él y no parecía dispuesto a soltarla.

—¿A dónde vas? —le dijo alarmado—. No me dejes aquí; esto fue tu idea también.

—No te preocupes, ricitos de oro. No creo que muerdan. Voy a completar la investigación.

—¿Y cómo se supone que harás eso? —preguntó sin soltarla todavía. Entonces ella tironeó de la falda para zafarse de su agarre. Entrando en pánico por tener que quedarse solo entre aquella demandante multitud de mujeres jóvenes, él la agarró de la mano.

—Cuando los mayores no quieren hablar, se sigue por los jóvenes. Además, si me quedo, pensarán que de verdad somos pareja y eso estropearía todo el plan. Es más probable que empiecen a preguntar qué clase de relación tenemos en lugar de regatear con los demás feriantes. Mira cómo se mueve el pueblo.

Tenía razón: ahora ya no solo eran las muchachas las que se acercaban a comprar, sino que todos los feriantes intercambiaban, regateaban y discutían con los locales por el precio de sus mercancías. El pueblo se había movido de verdad. Pero las jóvenes ahora los miraban con recelo. Nicodemo aflojó el agarre, pero todavía no la soltó.

—No me dejes —imploró por lo bajo.

—Me voy antes de que alguien diga algo —susurró ella.

—Entonces llévate las naranjas. Al niño le interesaron.

—Las dejaste en el campamento.

—Recógelas si pasas por allí.

—¡Ay, mija! ¡Qué noble de tu parte prestarnos a tu marido! No te preocupes, andá, que yo lo cuido.

—No es mi marido. Ni siquiera es mío —replicó Ann mientras recuperaba su mano de un tirón.

Y salió de allí antes de que alguien hiciera otro comentario semejante. Un poco más allá de los puestos de la feria, aún en la plaza, la muchacha, el niño y un cusco curioso se le unieron. Ella miró en todas direcciones con discreción, buscando a la señora que antes no los había dejado hablar. Como no la vio, aventuró un par de palabras.

—Gracias por no dejar de creer en La Biblioteca. ¿Cómo se llaman?

La muchacha asintió con la cabeza en un gesto solemne.

—Soy María, este es Juani, mi hermano pequeño —dijo señalando al niño—. Y este es Pelos —agregó incómoda al ver que el cusco se adelantaba entre los dos.

Porque lo curioso del perro, querido lector, era que casi no se le veía el cuerpo debajo de una espesa maraña de pelo negro, manchado de barro aquí y allá. Ann tomó nota: un perro era una excelente fuente de información extraoficial. Si este se había tomado la molestia de hacerse presentar, mejor saludarlo.

—Buenas tardes, Pelos.

Pero Pelos se limitó a observarla con aires de superioridad. Ann le restó importancia; ya hablaría cuando fuera necesario. En cambio, dirigió la mirada hacia María y Juani, que observaban con recelo la multitud que circulaba en la plaza.

—Vamos a sentarnos en el ombú —propuso María y añadió en voz baja—. Aquí no es seguro. Somos hermanos de Facundo.

Pero el ombú de la plaza estaba lleno de gente sentada en los bancos, niños que corrían y jugaban de aquí para allá y perros que observaban con cautela el grupito de los tres, sacudiendo la cola en dirección a Juani. Los hermanos intercambiaron una mirada y luego Pelos tomó la delantera. Cruzó la calle en dirección al campamento de los feriantes. Ann se dio cuenta de que sería el lugar ideal para una charla lejos de los oídos del pueblo, pero Pelos los esperó al otro lado del terreno baldío.

—Va en dirección a los sauces —comentó Juani—, pero no creo que podamos pasar por el terreno de don Manuel.

—Olvídate de las reglas, debe de estar en la feria como todos los demás. Apúrate antes de que mamá vea que desaparecimos.

Entonces los tres salieron detrás del perro. Al pasar por el campamento, Ann recogió la bolsa con las seis naranjas que Nicodemo había comprado, y los tres siguieron al perro por entre los patios de los vecinos hasta llegar a un grupo de sauces junto a la cañada, hacia el lado contrario a aquel en el que las mujeres habían estado lavando la ropa esa mañana. Tuvo la intención de sentarse de cara al río, pero María le sugirió que no convenía darle la espalda a la casa de doña Matilde, que ahora les quedaba a la derecha. Enseguida sintió por qué. Al contemplarla, Ann percibió una atmósfera siniestra alrededor de la casa: la sensación vagamente familiar de que algo no estaba bien, aunque todo parecía normal. ¿Dónde había sentido aquello antes?

—Bueno, ahora que sé que vienes de La Biblioteca, entiendo por qué me parecías familiar. ¿Eres algo de la chica que me entregó mi profecía?

—Sí, fue Sienna, mi hermana. Nos parecemos, pero no nos parecemos.

—Tiene sentido. Bueno, esa visita de La Biblioteca nos devolvió la esperanza.

—A mí no —dijo Juani—, yo nunca la perdí.

—A mí sí —continuó su hermana—. Me dejé llevar por el fatalismo de los adultos. Cuando Facundo salió con buscar la luz verdadera en La Biblioteca, todos le dijeron que estaba loco, que no le iba a abrir una puerta a él porque sí. Que mejor esperara a que alguien cumpliera los dieciséis y aprovechara la oportunidad. Pero para el próximo cumpleaños faltaban meses y él decía que cuanto más se demoraran, menos se iba a saber de los otros.

—¿Por qué buscaba la luz verdadera?

—Porque las noticias de los que partieron a la guerra allá en el sur dejaron de llegar. La falta de los trece que se habían ido empezó a pesar en el pueblo y sus alrededores. No sabíamos si estaban con vida o si habían muerto. El trabajo empezó a amontonarse en las chacras y en los locales. Faltaban los hijos que ayudaban en los comercios o los que se iban a las estancias en la cosecha. La fiesta de la Luna Infinita del año pasado no se hizo. Nadie quería saber nada de bailes y festejos en la plaza cuando faltaba la mitad de la muchachada. Entonces Facundo y Juancito, que es el único hijo de doña Matilde, se pusieron a investigar alguna forma de saber qué les había pasado. Facundo nunca quiso saber nada de las guerras. Decía que los pleitos de los puros no eran cosa nuestra, aun cuando se oía que atacaban aldeas nuestras en la frontera.

—Juancito sí quería ir —intervino Juani—. Pero doña Matilde no lo dejó.

—No. Como era hijo único, su madre, viuda y anciana, no quiso ni saber que se fuera. Por eso, cuando los dos se fueron a buscar La Biblioteca, maldijo a nuestra familia y se encerró en su casa.

—Fue a decirle a mamá que se olvidara de que te casaras con Juancito y nos tiró piedras por la ventana. Dijo que ojalá que Facundo tampoco regresara.

—¡Eso no era para contar, Juani! —lo reprendió su hermana, roja como un tomate—. En fin. Que la doña culpa a Facundo de haber convencido a Juancito de irse a buscar La Biblioteca. Pero eso no fue así. Los tres nos turnábamos para leer los libros del estante en el santuario, buscando alguna forma de poder comunicarnos con los demás. Los cuentos siempre dicen que la luz verdadera muestra el camino. Estábamos desesperados. Los tres creímos que, de alguna forma, si la encontrábamos, podríamos saber qué les pasó a los trece. Pero no sabíamos cómo buscar algo así. Entonces nos acordamos de La Biblioteca. El próximo cumpleaños habría sido el de Felipe, pero él se había ido junto con sus primos la primavera pasada. El siguiente era el mío y aún faltaba medio año. ¡No podíamos esperar tanto! Yo quería acompañarlos, pero Juancito me pidió que me quedara pendiente de su madre. Los dos se fueron una madrugada por el camino viejo y ya no volvimos a saber de ellos.

—Pelos dice que llegaron al siguiente pueblo, pero que no los siguió más lejos.

—La gente se quedó con la idea de que nadie los vio más allá del puente —señaló María con un gesto de la mano hacia atrás y la mirada hacia el piso, evitando deliberadamente a Ann o a Pelos.

—No los seguí. Los acompañé —intervino Pelos.

—¿Y por qué no fuiste con ellos? —Pero Pelos no le contestó; se limitó a apoyar la cabeza sobre las patas delanteras—. Ah, ya sé —continuó Ann—. Juancito te pidió que cuidaras a su mamá.

—No —contestó Pelos con absoluta indiferencia—. Esa tarea se la dejó a ella.

—¡Y Matilde no me quiere ni ver!

—Tampoco ha salido desde que nos rompió la ventana. Pero lo más raro es que los perros ya no se acercan a la casa.

—¿Le tienen miedo?

Pelos resopló.

—No —prosiguió Juani—, hay algo adentro además de doña Matilde.

—¿Y cómo saben eso los perros?

—Sonaba como Juancito. No olía como Juancito.

—Los otros perros tampoco dan muchas explicaciones —remató Juani.

La idea de lo que podría ser empezó a perfilarse en la mente de Ann. Pero necesitaba poner a Nicodemo al corriente de todo aquello antes de intentar cualquier cosa. Tratando de pensar qué hacer, sacó tres naranjas de la bolsa y comenzó a pelar una con el facón. Los ojos de Juani se iluminaron.

—¡Las naranjas! ¿De verdad curan dolencias del alma?

—No lo sé —contestó Ann, al tiempo que le alcanzaba la que había pelado—. Da una sensación cálida cuando te la comes.

Acto seguido, Juani se zampó la fruta.

—¡Siento como si me hubieran abrigado el corazón!

María frunció el ceño y tomó la que Ann le ofrecía. Después de comérsela, dijo:

—Siento como si la pequeña esperanza que tuve al saber que venían de La Biblioteca hubiera crecido. Es una sensación curiosa.

Ann asintió con la cabeza. Y se comió la suya.

—Si a nosotros nos hace sentir mejor, tal vez a doña Matilde también —dijo Juani—. ¿Podemos llevarle una?

—No lo sé, Juani. Tal vez ni siquiera nos deje acercarnos —respondió María.

Ann cerró la bolsa con las tres naranjas restantes y se la entregó.

—Creo que vale la pena intentarlo. Escuchen: creo saber qué le pasa a doña Matilde, pero necesito hablar con Nicodemo antes de confirmar cualquier cosa. Si es lo que pienso, necesitamos conseguir que salga de la casa. Ofrézcanle una desde afuera, pero no entren, pase lo que pase. Si la acepta, quizá se sienta lo bastante tranquila para escucharnos. Si no abre, vuelvan directamente con los feriantes.

Dicho esto, se levantó.

—Yo voy a rescatar a Ricitos de Oro.

De regreso en la feria, se encontró con un Nicodemo todavía rodeado de varias muchachas y sin prestarles la más mínima atención. Se abrió paso y, tomándolo de la mano, tiró de él.

—Vamos, Ricitos. Tengo mucho que contarte.

—¡Pero yo estaba hablando con él! —protestó una.

—¿No dijiste que no era tuyo? —añadió otra.

Ann se detuvo y la miró con expresión amenazante por encima del hombro.

—Él es mío.

Y continuó su marcha sin soltarlo. Nicodemo, por su parte, no dijo nada y se dejó arrastrar por ella en dirección al campamento de los feriantes. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, comentó:

—Creí que no queríamos que nos confundieran con una pareja.

—No queremos.

—¿Y en qué momento pasé a ser tuyo?

—En el momento en el que necesitaba hablar contigo.

—Eso explica por qué me sacaste de allí. No por qué dijiste que soy tuyo.

—Funcionó —comentó ella, encogiéndose de hombros y evitando mirarlo a toda costa—. Además —se apresuró a añadir—, si no decía algo así, iban a tenerte preso toda la tarde y jamás volveríamos a La Biblioteca.

Entonces Nicodemo miró su mano, aún presa en la de Ann. Esta la soltó de inmediato y no le habló hasta que ambos se sentaron junto a la fogata, ya en el campamento.

Mientras ella avivaba el fuego y le contaba lo de los trece jóvenes, lo de la partida de Facundo y Juancito y el encargo que este último había dejado a María, Nicodemo se quitó las sandalias aún húmedas y las medias, ahora también húmedas. Le dirigió a Ann una mirada de reproche, pero esta prosiguió con su relato, deteniéndose especialmente en la casa de Matilde y en las palabras de Pelos.

—Dice que algo adentro sonaba como Juancito, pero no olía como él. Y yo sentí algo alrededor de la casa. Algo conocido.

—¿Una Sombra?

—Eso creo. Pero no vi nada.

—Entonces todavía no lo podemos afirmar.

—Yo apostaría a que lo es. Se siente igual que en aquella sala de La Biblioteca donde nos encontramos con la Sombra.

Él no contestó nada; se acomodó los lentes con gesto pensativo. Ann calculaba que estaría ordenando la información y urdiendo algún plan. Sabía que él era bueno para eso; entonces recostó la cabeza sobre el hombro de Nicodemo, como la noche anterior, cuando habían compartido las mantas. Medio adormilada por el cansancio, sintió cómo él se quedó rígido unos instantes; luego aflojó y comentó con su media sonrisa de triunfo:

—La próxima vez te lo pensarás dos veces antes de tirarte por una ventana.

—Totalmente —contestó ella en medio de un bostezo y cerró los ojos un rato.

Pero el intento de siesta le duró poco: María y Juani aparecieron por el otro extremo del campamento, con Pelos trotando entre sus pies. Las tres naranjas aún en la bolsa.

—No quiso abrirnos.

—Pero sabemos que está adentro —añadió Juani—. Nos gritó que nos fuéramos.

—¿Ella? —preguntó Ann, incorporándose.

Juani miró a Pelos. Este asintió con la cabeza.

—Ella —confirmó Juani.

—Si es una Sombra, no necesita fingir que Matilde está sola —dijo Nicodemo—. Necesita convencerla de que debe seguir estándolo.

—Tenemos que ver la forma de entrar en la casa para destruir esa cosa —insistió Ann.

—No, lo que tenemos que hacer es averiguar qué es —corrigió Nicodemo—. No podemos basar nuestras acciones en una conjetura surgida de la intuición. Tenemos que actuar sobre lo seguro.

Ann puso los ojos en blanco, mientras María y Juani iban de uno al otro con la mirada. Pelos simplemente se echó a los pies de Juani y cerró los ojos, pretendiendo tomar una siesta.

—¿Y necesitas más pruebas? Hay una señora que no sale de su casa y escucha la voz de su hijo. Ni los perros se le acercan porque la rodea una atmósfera inquietante. Algo se está alimentando de la espera del pueblo y tiene a todos bajo una opresión silenciosa. Nadie hace nada, pero todos tienen miedo. ¿Qué más necesitas saber para llegar a la conclusión de que es una Sombra?

Al oír a Ann llamar Sombra a aquella cosa sin ninguna cautela, María y Juani se estremecieron.

—¿Una... una Sombra de verdad? ¿De las que vienen del lado oscuro de Lurra?

—Sí, una de esas —confirmó Ann. Esperó unos instantes para ver si Pelos la ayudaba con aquello, pero el perro parecía profundamente dormido, aunque ella sospechaba que no era así. Entonces prosiguió con su explicación:

—Han aparecido como consecuencia de la presencia del Maestro; está en la Profecía Mayor. Seguro que alguno de los libros del santuario habla de esto.

—Sí, claro —convino María—. Pero nadie lee esos libros. Ni siquiera los consideramos cuando buscábamos la forma de saber qué les pasó a los demás.

—¿No se supone que nadie puede verlas? —preguntó Juani.

—Nadie, no. Los puros las perciben —dijo Ann, contando con los dedos—. Los animales también. Pero la mayoría de los ziomestnianos no puede verlas ni sentirlas. Cada tantas generaciones aparece alguno capaz de hacerlo. Yo puedo verlas; mi bisabuelo adoptivo también podía.

—¿Y eso no acarrea desgracias?

—Supersticiones. —Nicodemo despejó el comentario con la mano—. En realidad, una Sombra ya es causa de desgracia porque se alimenta de emociones negativas: envidia, ansiedad, desespero... La lista sigue. La desesperación de este pueblo por los que se fueron es una fuente de alimento muy nutritiva para una Sombra que viene del lado oscuro de Lurra.

—¿Y necesitas más pruebas?

Nicodemo se atragantó con su respuesta. Se lo pensó durante unos minutos; estuvo a punto de decir algo, pero volvió a callar. Al final dejó caer los hombros y miró por fin a Ann, que había vuelto a recostar la cabeza sobre el hombro de Nicodemo durante la discusión.

—Bien, bien. Todo indica que es una Sombra. ¿Contenta?

—Sí. ¿Cómo la destruimos para que este pueblo pueda volver a la normalidad y La Biblioteca nos abra una puerta de regreso?

—Como a cualquier Sombra —convino él—. Destruyendo su cabeza.

—¡Si tan solo hubiera traído mi arco y mis flechas mágicas!

—No te preocupes, solo necesito que la veas y me digas dónde está.

—Vaya, eso fue rápido. ¿No acabará saliendo mal?

—No hay que darle muchos rodeos a la cuestión de cómo matar a una Sombra. La dificultad está, en realidad, en cómo llegar hasta ella.

—Pues vamos y entramos a la casa de doña Matilde —aventuró Juani, contagiado de la practicidad de Nicodemo.

—Eso no es tan sencillo, amiguito —intervino él—. La Sombra podría usar a doña Matilde como escudo o carnada y podríamos lastimarla a ella. Lo mejor sería sacarla de la casa para que no resulte herida en el proceso.

Ann percibió el peso de la mirada de Nicodemo sobre ella, como si la posibilidad de herir a doña Matilde en el proceso estuviera ligada a su propia torpeza. Su fuego interno chispeó de enojo y ella se incorporó. Pero se dio cuenta de que María y Juani, ambos más jóvenes que ella, observaban su reacción, y finalmente se contuvo antes de comenzar una pelea absolutamente innecesaria.

—¿Y cómo la sacamos si no le hace caso a nadie? —puntualizó María.

Ann miró a Nicodemo con la esperanza de que ya hubiera pensado en algo. Si era tan listo como para ver todos los contras de la situación, algo se le tendría que haber ocurrido. Pero no: Nicodemo no dijo nada. Encima se quedó duro como la piedra que era, con la mirada perdida en el horizonte.

—Podríamos... Podríamos intentar debilitar a la Sombra —aventuró él, después de lo que a Ann le pareció una eternidad.

—Explícate —le exigió esta.

—Bueno, si la Sombra se alimenta de la desesperación del pueblo y de todo lo que esté experimentando doña Matilde en su soledad, podríamos intentar reducir el alimento que tiene a su disposición. La feria ya ha empezado a mover al pueblo: la gente compra, repone víveres e intercambia con los feriantes. Tal vez podríamos animar un poco más a la gente, lo suficiente para que la influencia de la Sombra sobre Matilde se debilite y Matilde quiera salir de su casa.

—¿Insinúas que hagamos una fiesta para el pueblo? —comentó María, horrorizada.

—¡Sí! ¡Sería genial tener una fiesta en el pueblo! —dijo Juani, esperanzado.

—Bueno, no. Una fiesta sería demasiado para el pueblo. No creo que los adultos se sumen abiertamente a algo tan animado como eso. Pero podríamos invitar a todos a no esperar solos —explicó Nicodemo ante las miradas confusas de sus interlocutores—. En lugar de que las familias se encierren a esperar por separado, podríamos incentivarlas a que esperen todas juntas...

—¿Como una especie de vigilia por los desaparecidos? —preguntó María.

Nicodemo asintió.

—Encender una fogata en la plaza...

—... ofrecer jugo de naranja... —aportó Ann.

—Sí. Y que la gente se anime de a poco, entre todos. Eso debería bastar para disipar la atmósfera de impotencia del pueblo, debilitar un poco a la Sombra y hacer que doña Matilde quiera salir de la casa o, al menos, permita que alguien la ayude.

—¡Ahí nosotros entramos y matamos a la Sombra!

—¡Y nosotros aprovechamos para cuidar de doña Matilde y cumplir con lo que me pidió Juancito!

Ann y María intercambiaron sonrisas de alegría: ¡tenían un plan!

Torpe, pero tenían un plan. ¡Y en marcha se pusieron! María y Juani recorrieron el pueblo invitando a los vecinos. Algunos no quisieron ni escuchar; otros daban la espalda en cuanto mencionaban «todos juntos en la plaza», pero cuando alguno explicaba que era para esperar todos juntos y no cada uno en su casa, se detenían y prometían pensarlo. No aseguraban que irían.

Nicodemo, por su parte, convino con Alberto en qué lugar de la plaza armarían la fogata. Recogieron madera, desarmaron cajones rotos y apilaron todo donde les pareció que podría verse desde todas partes. Los otros feriantes también ayudaron en la tarea. Se coordinaron para traer los bancos de junto al ombú de la esquina y los dispusieron a un costado del lugar donde más tarde iría el fogón.

Cuando le llegó el turno a Ann de pedirle a Carlota que cediera unos kilos de naranjas para preparar jugo y servírselo al pueblo, ni falta que le hizo preguntar: en el campamento, Carlota le pasó una tabla de picar; Ann se ató su pañuelo a la cabeza y entre ambas se pusieron a cortar y exprimir naranjas. El jugo que iban obteniendo lo ponían en unos botellones que los feriantes usaban, justamente, para venderlo en el verano.

VII — Atardecer del segundo día

Para cuando el último rayo de sol se perdió detrás del horizonte, la hoguera ardía con fuerza casi en el centro de la plaza, junto al pozo de agua. Allí, un puñado de personas se disponían a esperar juntas. María, Juani y Pelos ya formaban parte del grupo reunido en torno a la fogata, junto con Ann, Nicodemo y los feriantes. Los seguían Camila y Andrea, poco interesadas ahora en Nicodemo, que circulaba más cómodo. A Ann le llamó la atención aquello, pero no dijo nada. No fuera a ser que empezaran con la cantarola de la pareja otra vez.

Un poco más atrás se encontraban las familias de las chicas y, todavía más lejos, se arrimaba alguna que otra familia. Nadie entre quienes se mantenían apartados se había sentado, queriendo tal vez conservar su derecho a irse. Sobre un costado, Carlota servía jugo a todo el que estuviera dispuesto a probarlo. Y, milagrosamente, no eran pocos.

VIII — Noche del segundo día

El cielo estaba despejado, sin una sola nube, como acostumbra a presentarse durante el mes del sol. Ann observó las constelaciones que tanto amaba con absoluta fascinación. Le sorprendió que algunas familias se aventuraran afuera con la Mayor nueva y la Menor menguante; eso en su pueblo habría servido de excusa para no salir en toda la noche, pero se percibía la necesidad de unión del pueblo. Andrea también miró al cielo y comentó:

—¡Está totalmente despejado, como la noche de la Luna Infinita!

—¡Podríamos cantar la canción de la Luna Infinita! Total, el verano pasado no tuvimos fiesta —comentó Camila.

—¡Ay, Camila, no seas tarada! ¿Cómo vamos a cantar una canción de fiesta si el mes pasado fue la Luna Hueca?

—¡Qué importa! —le contestó la otra—. Al fin y al cabo es solo una canción.

—No es solo una canción —intervino María—. Es la canción. Me parece muy apropiada para cantarla esta noche de espera comunitaria.

Sin más empuje que aquello, Alberto tomó su guitarra, otro de los feriantes lo imitó y Nicodemo agarró una zampoña, de esas flautas que acostumbran usar en las montañas.

—¿Tú sabes tocar?

—Solo me sé la canción de la Luna Infinita.

—¿Quién canta? —preguntó María.

—Ann sabe cantar.

—Yo no sé cantar. Sienna sabe cantar.

—Sienna no está. Tú eres su hermana; tú cantas.

—Eso no funciona así.

—Dale, te he escuchado entonar bajito. No suenas mal —la incentivó Nicodemo—. Es para animar al pueblo, no para dar un recital.

—Yo canto contigo —propuso María—, pero no me dejes hacer el ridículo sola.

—Hecho.

Los hombres rasguearon las guitarras; Nicodemo sopló su flauta. Y entonces, con mucha vergüenza, las dos muchachas comenzaron a cantar:

Luna, luna infinita,
Ya no son dos, sino una...
Brilla sobre nosotros.
Su luz eterna.
Su luz eterna-aaah.

La falta de luz de luna parecía un chiste absurdo, pero los más cercanos —Juani, Andrea, Camila y los feriantes— se sintieron tocados por la canción y sumaron sus voces a las de las dos chicas, que, animadas por eso, siguieron con mayor ímpetu.

Ven, acércate, amigo,
que está encendido el fuego.
Bailemos, el pueblo unido.
El pueblo unido-oooh.

Entonces los que estaban más alejados, como obedeciendo a un impulso invisible, se acercaron. Desde los cuatro extremos de la plaza iban llegando familias.

Nuestro gozo se eleve,
ante Su trono llegue,
cual ofrenda fragante.
Ofrenda fragante-eeeh.

Luna, luna infinita.
Ya no son dos, sino una.

De repente, Ann ya no escuchaba su propia voz entre el coro que se había ido acrecentando a su alrededor. De todas partes la gente entonaba la canción con asombroso entusiasmo. Los niños habían dejado de estar quietos y, movidos por la música, giraban en torno a la fogata.

Quebranta a polvo la roca dura,
que muera el grano y brote la espiga,
que el fermento levante la masa,
pazcan juntos el lobo y el cordero.

Luna, luna infinita.
Ya no son dos, sino una.

Juani tomó una de las manos de Ann y María, la otra. Ann miró a Nicodemo en busca de aprobación; él asintió con la cabeza y, de repente, un grupo numeroso de personas formó una cadena alrededor de la fogata y de los músicos. Comenzaron a moverse en torno a ambos, imitando la forma del símbolo matemático del infinito: el acostumbrado baile de la fiesta.

Se sintió un poco tonta: un par de años atrás había estado en el mismo lugar —bailando y cantando la canción, no en el pueblo, claro está—. Pero no había podido disfrutar de aquello. Allí, ante la creciente alegría del pueblo, aquel acto de esperanza en medio del dolor le dejaba en el corazón una experiencia totalmente diferente: un gozo genuino por combatir la impotencia real de otras personas y ayudarlas en ello.

Vendrá, vendrá el Maestro.
Hará de cuatro un solo pueblo.
Un solo pueblo-oooh.

Si el cielo se cubre
y la luna se nubla,
entonces que llueva
gracia divina
que toda herida cierre.

Aunque algunas voces callaron, el canto no cesó del todo. Algunos continuaron cantando la estrofa dolorosa, hasta el punto de que la petición se volvió casi una imploración a Elohim. Entonces el estribillo cobró fuerza y la canción acabó con la acostumbrada repetición de la estrofa inicial, mientras la gente aún representaba el símbolo del infinito en una cadena de cuerpos y manos entrelazados.

Luna, luna infinita.
Ya no son dos, sino una.

Luna, luna infinita,
Ya no son dos, sino una...
Brilla sobre nosotros.
Su luz eterna.
Su luz eterna-aaah.

Aprovechando el renovado ánimo del pueblo, Alberto aventuró una canción distinta, también de esperanza, y el otro guitarrista lo siguió. Como Nicodemo no se sabía más canciones en la zampoña, otro hombre tomó su lugar. Ann supo después que era el papá de María y Juani y que no había vuelto a tocarla desde que su hijo Facundo se había ido, seis meses atrás.

Entonces Nicodemo fue a unirse al resto de los que bailaban en torno al fogón. Camila y Andrea le abrieron espacio entre ellas, pero él se colocó deliberadamente entre María y Ann. Estas le dirigieron a Ann una mirada de reojo que ella decidió ignorar. Rió para sus adentros: ¡qué diferente era esa noche de aquella fiesta de la Luna Infinita en la que había cumplido dieciséis! Si Sienna o Zetta estuvieran con ella ahora, también se reirían.

Más tarde, cuando la vigilia se había convertido en una especie de fiesta improvisada y todos los del pueblo bailaban, conversaban o tomaban jugo de naranja en torno a la hoguera, Ann decidió que no podía más y fue a sentarse en un rincón más tranquilo, asegurándose de poder recibir el calor de la hoguera como sustituto del poncho que había olvidado en La Biblioteca. Igual de cansado, Nicodemo la siguió enseguida y ambos se sentaron a cierta distancia del fuego para que ningún bailarín extraviado los pisara por accidente.

—Bueno, eso fue intenso —comentó Ann, frotándose los brazos a causa del frío.

—Salió mejor de lo que esperábamos —comentó Nicodemo, observándola.

Entonces sacó de su morral una de las mantas, perfectamente doblada, y se la alcanzó. Y, antes de que ella pudiera intentar algo, se apresuró a sacar la otra y envolverse en ella. Ann optó por no hacer comentarios al respecto y se envolvió en la suya.

—¡Qué día, Ricitos!

—Ricitos... ¿De verdad tengo el pelo así?

Ann lo miró incrédula. Luego soltó una carcajada.

—¡No! Claro que no.

Él se tocó el pelo, aún sin entender del todo.

—Seguramente esa muchacha estaba exagerando respecto a los rizos y al color. Habrá querido engancharte con algún piropo. Tu pelo es opaco, casi ceniza. Aunque se vea ondulado por el viento que siempre circula a tu alrededor, es lacio —explicó ella.

Nicodemo entonces asintió.

—Eso tiene más sentido para Haru, sí.

—¿Haru? ¿Quién es Haru?

—Mi hermano mayor. Él sí tiene rulos y el pelo más amarillo. Es igual al de mamá.

—¡Tú tienes un hermano y una madre!

—Y un padre y una hermana menor, sí. ¿Qué? ¿Pensaste que me había materializado a los doce años en La Biblioteca?

—Ja, ja. Sí, más o menos. ¿Y todos saben tocar solo una canción en la flauta?

—¿La zampoña? Bueno, no. Yo aprendí esa canción porque mi padre nos obligó a todos a tocarla como parte de la celebración de la fiesta de la Luna Infinita allá en mi ciudad. A Haru le gusta hacer sonar el shinobue hasta que lo terminan echando por acelerar el ritmo, pero a Pelota nunca le interesó la música; prefiere dibujar.

—¿Pelota? ¿Tu hermana se llama Pelota? ¿Shinu... qué? Lo siento, pero has dicho demasiado sobre ti mismo en una sola intervención.

—¡Tienes razón! —comentó él, riéndose—. Ha de ser el ambiente festivo. Aunque hay algunos que todavía no se han contagiado —observó, refiriéndose a los pequeños grupos de adultos que contemplaban la celebración desde rincones apartados y con cara de desaprobación.

—Por lo menos el pulpero y su esposa sí se unieron a la fiesta —comentó ella mientras los aludidos pasaban bailando por delante de ellos.

—Esperemos que esto anime a doña Matilde a salir de su casa.

—¿Y qué vamos a hacer cuando eso pase?

—Si eso pasa —la corrigió él—. Deberíamos apresurarnos a entrar a su casa.

Tras aquellas palabras, el tono entre ambos adquirió una gravedad teñida de miedo. Ann se estremeció de solo pensar en tener que volver a ver a una Sombra, ni hablar de enfrentarse a una. Quiso tomar su arco en un intento de juntar valentía, pero recordó que lo había dejado en su habitación la mañana anterior, antes de tirarse por aquella ventana en La Biblioteca. Entonces, sin mucha elegancia, se envolvió en el brazo de Nicodemo —es decir, lo obligó a abrazarla— al tiempo que admitía:

—Me da un poco de miedo todo esto.

Él no se apartó ni se contuvo; ni siquiera se quedó rígido, sino que, para sorpresa de Ann, la rodeó con el otro brazo y escondió la cara en el hombro de ella.

—A mí también me da miedo todo esto. No estaba en mis planes tener que enfrentarme a una Sombra. ¡Encima sin poder verla! —Tal vez había tenido la intención de sonar a reproche, pero a ella no le pareció así: había más resignación que reclamo por haberlo arrastrado hasta allí—. Pero ahora que estamos en esto, no voy a abandonarte. Si sale mal, saldrá mal para los dos.

Curiosamente, Ann se sintió segura con Nicodemo a su lado y, de pronto, recordó a Vaca y cómo él le recitaba algo cuando su pequeño tenía miedo.

—¿Cómo es eso que le dices a Vaca cuando tiene miedo?

—¿Humm? —dijo él, levantando la cabeza del hombro de Ann—. ¿El salmo?

—Sí. ¿Me lo dices a mí?

—Tienes razón. Puede ayudarnos a ahuyentar el temor.

Acto seguido, comenzó a recitar:

El que habita al abrigo del Altísimo
morará bajo la sombra del Omnipotente.

Diré yo a Elohim: Esperanza mía y castillo mío;
mi Dios, en él confiaré.

Y él te librará del lazo del cazador,
de la peste destruidora.

Con sus plumas te cubrirá
y debajo de sus alas estarás seguro;
escudo y adarga es su verdad.

No tendrás temor de espanto nocturno...

Pero no pudo terminar: por la calle que venía del puente se presentó el espanto nocturno con un grito de lamento.

—¡Cómo se atreven a festejar cuando sus hijos y el mío...! ¡Mi único Juancito ha desaparecido!

Ni falta hizo decir que aquel era el momento correcto para actuar. Tan pronto como doña Matilde apareció en la plaza y el pueblo medio se paralizó —un poco por miedo, otro poco por vergüenza—, María y Juani la interceptaron. Intentaron darle jugo de naranja; intentaron convencerla de que Juancito les había encargado que cuidaran de ella. Pero la doña mantenía el bastón en alto, de forma amenazante, y se abría paso entre los perplejos parroquianos mientras lanzaba improperios contra el pueblo, contra la fiesta, contra la familia de Facundo. Bueno, contra cualquier cosa que se le viniera a la mente. Al final, agotada, fue a sentarse en uno de los bancos junto al fogón.

Muy descaradamente, don Mateo, el papá de los chicos, hizo una señal a Alberto y al otro feriante para que retomaran la música. Intercambió unas palabras con el pulpero y este animó a un grupo de gente a seguir bailando. La madre de los chicos quiso entonces pedirle cuentas a doña Matilde por la ventana que les había roto tantos meses atrás, pero su marido la detuvo y le alcanzó un vaso de jugo de naranja para que se lo ofreciera. La doña, que ya iba a volver a protestar porque la fiesta continuaba, sintió la garganta seca de tanto gritar y se bebió el jugo de un solo trago. Cuestión que el efecto cálido le impidió reanudar su asedio contra la fiesta y la dejó callada por el momento.

Entonces sí, toda la familia de Facundo la abordó. Mientras sus padres trataban de hacer entrar en razón a doña Matilde, María dirigió a Ann y Nicodemo una mirada que les aseguró que aquello estaba controlado. Ellos, sin perder más tiempo, salieron disparados hacia el rancho de doña Matilde, que ahora tenía la puerta abierta de par en par.

IX — Madrugada del tercer día

Al entrar, el olor a humedad les golpeó en la cara. Ann se tapó la nariz para no respirar el aire viciado por el encierro y Nicodemo se cubrió con el cuello de la túnica mientras comentaba:

—¡Y tú que te tiraste por la ventana porque no soportabas el olor a moho!

Aunque el comentario le removió el fuego interno, Ann se pegó a Nicodemo, completamente tensa. Aquella casa daba la extraña sensación de que alguien los observaba. Sin embargo, mientras ella parecía un gatito asustado, él empezaba a bajar la guardia.

—Solo veo un montón de manchas de humedad —dijo, extendiendo el báculo para iluminar la estancia con el cristal.

A pesar del miedo, Ann se obligó a mirar en derredor, teniendo sumo cuidado de no apartarse de Nicodemo. Para su suerte, el rancho no era más que una pieza grande, con el dormitorio al fondo, separado por dos gruesas cortinas que alguna vez habían sido frazadas. La tenue luz del cristal de viento le permitió ver a qué se refería Nicodemo: los horcones del techo estaban ennegrecidos por debajo; algún que otro hongo sobresalía de los maderos que quedaban a la vista; la cal de las paredes estaba moteada; las cortinas-frazadas presentaban manchas irregulares y algunas zonas tiesas, y en distintos lugares se veía esa pelusa blanquecina del moho. El rancho había perdido la batalla contra la humedad hacía mucho y el encierro de doña Matilde no había hecho más que empeorar aquello.

Pero eso no era exactamente lo que veía Ann.

Lo negro de los horcones no era la típica negrura del agua absorbida por el palo. No. Aquello tenía profundidad, sustancia, ¿cuerpo? Y aunque los hongos naranja no se movían, la negrura sí pareció deslizarse, amenazante, desde el techo hacia la cal moteada. La pelusa blanquecina se oscureció, adquirió volumen de inmediato y se deslizó sobre la superficie de una mesa a su lado; no directamente hacia ellos, aunque atenta a sus movimientos. ¡Y no solo el movimiento! El olor tampoco era solamente a moho y encierro; distaba mucho del que había sacado a Ann de La Biblioteca la mañana anterior. En el aire se mezclaban el moho y la presencia de un cuerpo que, además, tenía conciencia.

Entonces sí que se aferró a la túnica de Nicodemo. De nada le servía buscar refugio o valor en el facón; prefirió agarrarse a la otra cosa viva que, al menos, no iba a atacarla.

—¡Ann, me vas a hacer caer! —se quejó la cosa viva que no iba a atacarla.

—¡Los hongos! ¡Están vivos! —exclamó ella, aterrada.

—Sí, por lo general, sí. Incluso existen personas hongo; tu hijo desciende de una de ellas, por ejemplo.

—¡No me refiero a eso, tarado!

Increíble que estuviera aferrada a alguien con la destreza mental necesaria para decir algo evidente en el peor momento posible. En consecuencia, le dirigió la mirada más iracunda que le permitió su fuego interno. Luego recordó dónde estaba y qué estaba pasando.

—Huelo un cuerpo. Moho mezclado con conciencia —dijo en un tono veinte veces más bajo.

No sabía si la Sombra podía escucharla y, por las dudas, prefirió no perder la ventaja de que todavía no los hubiera atacado.

—La Sombra está metida en los hongos de la casa. Los usa como cuerpo.

Nicodemo abrió los ojos como platos y se pegó a ella antes de responder en un susurro:

—Tenemos que buscar su centro y atacar allí.

Pero, antes de que pudieran siquiera intentarlo, la masa negra que había sobre la mesa se abalanzó entre ambos, los derribó y fue a dar en un lamparón negro de la pared de paja junto a la entrada. Nicodemo quedó de espaldas a la cosa; Ann, paralizada de miedo y llena de barro. El piso de tierra apisonada también había sufrido el azote del encierro.

Cuestión que de todas partes y de ningún lado concreto se oyó la voz de un muchacho:

—¡Mamá, no te vayas!

—¡Dime que tú también escuchaste eso! —pidió Ann, con la piel erizada por la impresión.

Nicodemo asintió e intentó incorporarse. De inmediato, la masa negra lo empujó otra vez contra el suelo y regresó a su lugar sobre la mesa. Aquello pareció irritarlo, porque el cristal de su báculo refulgió con ira y unas corrientes de viento caliente se arremolinaron por toda la casa. Varias masas de aquel cuerpo negro se abalanzaron entonces sobre ambos. Desesperada, Ann se aferró al facón y lo blandió contra ellas. Las masas se replegaron y fueron a unirse a las otras, que circulaban enfurecidas alrededor de Nicodemo.

—¡Tienes que darle al centro, Ann! ¡Arrójale el cuchillo! —le indicó mientras agitaba el báculo en todas direcciones, defendiéndose a ciegas de la Sombra.

—¡No puedo! —chilló ella—. ¡Tengo mala puntería y no sé dónde está la cabeza!

—Entonces busquémosla.

Volvieron a juntarse, esta vez espalda con espalda. Ann le indicaba desde qué lado se les abalanzaba la Sombra al tiempo que observaba la casa. El aire caliente había reducido la humedad y las masas negras parecían resentirlo. El aire caliente había reducido la humedad y las masas negras parecían resentirlo. Debilitadas, fueron retrocediendo hasta desaparecer detrás de las cortinas-frazadas.

—¡Mamá, ayúdame!

—Allí —señaló ella—. En el cuarto, detrás de las frazadas.

Nicodemo las hizo volar con un solo movimiento del báculo y dejó al descubierto dos camas sencillas; un ropero que separaba el dormitorio del resto de la casa; y, al fondo, entre las dos camas, una ventana. Una de las camas era, evidentemente, la de Juancito: solo quedaba el colchón, parado contra la pared. Sobre la otra, la masa negra que constituía el cuerpo informe de la Sombra se retorcía entre los hongos húmedos del colchón, las sábanas y las frazadas mientras pronunciaba incoherencias. En la cabecera —vaya, hablando de gente a la que le habían comido la cabeza—, por encima de una maltrecha almohada, unos ojos rojos miraron directamente al fondo de Ann.

No iban a poder con aquello. Habían llegado hasta allí, pero no tenían el poder necesario para derrotar a aquella Sombra. El horror, el espanto, la impotencia. Todo pareció juntarse sobre Ann hasta encogerle el corazón de miedo. Había sido imprudente, alocada, caprichosa por haber querido tomar un poco de aire. Era un desastre como arquera; sin sus flechas mágicas, que apuntaban al blanco, jamás podría derrotar a la Sombra. Habían fracasado como discípulos del Maestro y ambos sufrirían la muerte a manos de una simple Sombra de pueblo en lo profundo de Ziomest. ¡Y Nicodemo iba a morir con ella! ¡En qué estaba pensando ese estúpido cuando la siguió! ¡En qué estaba pensando ella cuando se tiró! No importaba; ahora ya no tenía importancia. Iban a morir y Vaca se quedaría huérfano de madre. Ah, y huérfano de figura paterna.

—Quédate conmigo.

—¡No la escuches, Ann!

Pero Ann, presa de una hipnosis morbosa, se había quedado rígida en medio de la estancia. El facón le había resbalado de la mano y yacía en el suelo, símbolo de su torpe derrota. Nicodemo, presa del pánico, no veía más que hongos y manchas de humedad, escuchaba voces que no venían de ningún lado y tenía a su amiga paralizada por el miedo. La sacudió del brazo.

—¡Ann! ¡Reacciona! Nada de lo que te esté haciendo sentir es cierto.

—¡Sí lo es! ¡Soy torpe! ¡No puedo apuntar al blanco sin magia vegetal! ¡Ni siquiera soy capaz de lanzarle el facón! ¡Estoy indefensa y voy a morir! ¡Y tú vas a morir conmigo porque te arrastré a una estúpida aventura!

Los ojos de Nicodemo pasaron del pánico a la resolución: aquel gris angustiado se volvió sólido como la roca que él era.

—¡No! No vamos a morir. Tal vez no tengamos tus flechas mágicas, pero tenemos mi viento. Dime dónde está.

Ann ni habló ni se movió. No podía apartar la mirada de aquellos horribles ojos rojos. Entonces Nicodemo siguió su mirada; no podía distinguir con exactitud dónde estaba el centro, pero tuvo una idea. Las corrientes de viento se centraron en torno a ese punto y comenzaron a ejercer presión. La sensación de impotencia disminuyó un poco, lo suficiente como para que Ann pudiera prestar atención a otra cosa que no fueran los ojos de la Sombra. Nicodemo pasó a ocupar ahora todo su campo visual, rompiendo así el embrujo. Sin embargo, la sensación de derrota aún era tal que no conseguía moverse.

Con voz suave pero firme, él volvió a hablarle:

—Necesito que señales el punto exacto de su cabeza.

No fue lo que dijo, sino el tono con el que lo dijo, lo que la hizo rendirse a la seguridad de su compañía. No estaba indefensa y no habían ido hasta allí para morir a manos de una Sombra. Extendió el brazo y se inclinó para volver a mirar a la cosa, evitando deliberadamente mirar a los ojos. Por fin señaló el punto exacto. Nicodemo concentró sus corrientes allí y ejerció presión. La masa se hundió en torno al punto señalado hasta que algo sólido crujió en su interior y cedió. Entonces el ambiente se quebró y una ola de energía los alcanzó, dejando sobre la cama de doña Matilde una cosa inerte, parduzca y cenicienta, allí donde antes había existido una masa de un negro absoluto.

La casa seguía húmeda, ligeramente más seca a causa de las corrientes cálidas del chico del viento, dañada y llena de recuerdos. Pero la voz había cesado y, junto con ella, la inquietante presencia de una conciencia perversa.

Se respiraba un aire más liviano en la casa y Ann sospechaba que también en el resto del pueblo.

Nicodemo perdió el equilibrio y habría caído de no ser porque Ann lo sostuvo. El pobre había gastado casi toda la energía que tenía en sus vientos para matar a la Sombra y, compadecida de eso, Ann se echó uno de los brazos de Nicodemo sobre los hombros y lo ayudó a salir de la casa a una noche estrellada, que ya había pasado su punto más alto y declinaba por el camino del oeste para dar paso a otro amanecer de invierno.

Con su media sonrisa de triunfo, él le comentó en voz queda:

—Indefensa y a punto de morir, ¿eh?

Ann lo golpeó con el codo; Nicodemo se dobló, dolorido, agotado y pillado por sorpresa.

—Cállate y vámonos, Ricitos. Necesitas comer algo y reponer fuerzas.

Antes de llegar a la plaza, la derrota de la Sombra hizo sentir sus consecuencias, porque un coro de gente los alcanzó en el camino. Lo encabezaba doña Matilde, quien, para sorpresa de Ann, se dejaba llevar del brazo de María. El ambiente había dejado de sentirse tenso y, aunque marchaban en silencio, este ya no parecía tan aplastante como antes. Pues habían sentido la oleada de energía, la posterior sensación de que les quitaban un peso de los hombros, y habían interpretado aquello como la liberación del pueblo. Entonces todos los involucrados y algún que otro curioso se dirigían ahora hacia la casa de doña Matilde para saber qué había pasado con los forasteros y con la cosa —decían los gurises que era una Sombra— que había mantenido al pueblo en completo aislamiento.

Cuando el grupo alcanzó a los gurises, doña Matilde inclinó la cabeza hacia ellos en un gesto de agradecimiento.

—Yo no entraría en la casa ahora si fuera usted, doña Matilde —le sugirió Nicodemo—. Habría que limpiar la casa y sacar esa masa de hongos oscuros de encima de su cama.

La doña se sobresaltó ante tal comentario.

—¿Mi cama? Mirá, gurí, puede que hubiera ascendencia hongo en mi familia, pero te puedo asegurar que soy una mujer muy limpia.

María se aclaró la garganta y trató de excusar a Nicodemo.

—Doña Matilde, Nicodemo debe de estarse refiriendo al cuerpo de la Sombra. Acuérdese usted de lo que dicen las leyendas.

—Tienes razón, mija. Todavía no puedo creer que un bicho de esos se me haya metido en la casa y me haya engatusado con mi Juancito.

—Con las cosas que decía, no la culpo, doña Matilde —comentó Ann, que empezaba a ceder bajo el peso del cuerpo de Nicodemo.

Este hizo el intento de sostenerse por sí mismo, pero en vano, porque volvió a perder el equilibrio.

—¡Gurises, precisan descanso urgente!

Entonces, desde la parte de atrás de la muchedumbre, surgió el pulpero, que se sacó la boina y se puso a apretujarla entre las manos.

—Les debo una disculpa, gurises. Este pueblo estuvo demasiado tiempo esperando quieto. Si no fuera porque se pusieron a remover las raíces podridas, ninguno de nosotros habría recuperado la cordura. Les estamos agradecidos. Si gustan, en mi pulpería hay habitaciones de sobra para que descansen; mi esposa les preparará incluso el baño para que se aseen si así gustan.

—¡Encantada! —dijo Ann, a la que el barro le pesaba en las orillas de la falda.

—¿Qué piensan hacer ahora? —puntualizó Nicodemo—. Sus muchachos aún no regresan y tampoco se sabe qué les pasó a Facundo y a Juancito. Solo destruimos a la Sombra; no hemos resuelto todos los problemas del pueblo.

Ann le dio otro codazo en las costillas. Semejante tarado: ¿cómo iba a preguntar aquello? Seguro que se volvían a ofender: adiós al baño, adiós al cuarto, a la cama y al descanso después de dos días intensos. Pero no: el pueblo ya no se ofendía por cualquier cosa, había tomado conciencia y estaba decidido a hacer algo al respecto.

—Tranquilo, gurí. Han hecho más que suficiente —le contestó el papá de Facundo—. Lo que queda de la noche, que ya no es mucho, lo vamos a aprovechar para ir al santuario a agradecerle a Elohim que los haya mandado a ustedes. Por la mañana veremos de repartirnos la tarea de ventilar y limpiar el rancho de doña Matilde —y, antes de continuar, la miró de soslayo, cuidándose de lo que iba a decir—. Con los seis meses de encierro, seguramente necesite aire. Otros irán al sur, a ver qué pasó con nuestros gurises. Pero les pido que nos avisen si ven a mi Facundo o a Juancito en su Biblioteca.

Nicodemo asintió solemnemente. Pero no dijo nada; el aire ya no le daba.

X — Amanecer del tercer día

Ya en la pulpería, la pulpera los esperaba con el agua caliente para bañarse y una muda de ropa para Ann, que estaba llena de barro. Nicodemo no quiso saber nada de cambiar su túnica de erudito por las prendas locales y, mientras Ann se bañaba gustosa, él se devoró todo lo que la pulpera ponía a su alcance. Luego intercambiaron posiciones y, cuando Nicodemo regresó, limpio y con aspecto de haber recuperado casi del todo las fuerzas, la pulpera les entregó dos llaves.

Ann agradeció secretamente que no los tomara por una pareja de recién casados, a la vez que se rió de todo aquello. A la luz de cuanto habían vivido ese día, el hecho no tenía ahora la más mínima importancia, pero agradecía no tener que discutir con Nicodemo por quién iba a dormir en la cama y quién en el suelo.

—Son los cuartos del fondo del pasillo. Las puertas quedan enfrente —les dijo mientras los acompañaba al pasillo que llevaba a los cuartos de huéspedes de la pulpería.

El sol ya asomaba por la ventana que había al final, y sobre el corazón de Ann se acomodaba el dulce cansancio de una larga jornada de trabajo, trabajo que había salido bien después de todo. Ella le dio una de las llaves a Nicodemo y ambos se dieron la espalda para abrir las puertas de sus respectivos cuartos. Cuando Ann abrió la suya, alegre por haber elegido la llave correcta, un olor familiar la envolvió de lleno.

—Ah, esta sí es La Biblioteca: huele a hogar, dulce y mohoso hogar.

—¿Tú eres consciente de lo que dijiste? —comentó Nicodemo, asomándose por encima de su hombro.

—Por lo general, no —dijo ella mientras se encogía de hombros y entraba por el zaguán de La Biblioteca.

Mar, que se había levantado con el alba para preparar el desayuno de todos porque Ann seguía desaparecida, se los encontró al doblar la esquina.

—¡Dónde estaban! Llevan tres días fuera. ¡Vaca ha corrido a lo largo y ancho de La Biblioteca, desesperado porque su mamá no estaba y el único que le da la mano y lo calma cuando la mamá no está, tampoco!

Nicodemo miró acusatoriamente a Ann.

—Te lo dije.

Ann lo ignoró y procedió a responder restándole importancia.

—Tranquila, Mar, solo salimos a tomar aire unos minutos.

—¿Qué parte de tres días no entendiste?

—En realidad, fueron dos días y dos noches. El tercero acaba de empezar. Y yo nunca quise ir —alegó Nicodemo.

—Tú cállate, fuiste igual de irresponsable.

—¡Ella se tiró por la ventana! ¡Qué iba a hacer!

—Levantarla en el aire con tu báculo.

Nicodemo no supo qué responder a eso. Porque, como recordarás, él ya había levantado a Ann con el báculo. Después se había dejado convencer por el buen juicio de Ann y había perdido el suyo al devolverla a la ventana. Se sintió como un estúpido y decidió quedarse callado en tanto que se sentaba, derrotado y con el rostro entre las manos, a la pequeña mesa de la cocina.

—¡Mamá!

—¡Vaca!

Vaca apareció por la puerta y corrió hacia Ann, que también corrió hacia su pequeño para fundirse en un abrazo lleno de mugre.

—¡No te has bañado en dos días! —lo regañó esta.

—¡Papá! —dijo Vaca, desprendiéndose del abrazo de su madre y mirando a un avergonzado Nicodemo.

—Ah, no, ni te atrevas a llamarme papá en un momento como este —dijo él, aún afectado.

Extendió la mano en un gesto de rechazo que pretendía frenar a Vaca, quien ya iba hacia él. Pero Vaca colocó su manito contra la palma de Nicodemo y lo miró fijo, un poco implorante, un poco acusatorio, pero alegre de que estuviera de regreso. Entonces Nicodemo no pudo resistirse a aquella carita y entrelazó sus dedos con los del niño.

—Tu madre es una irresponsable —dijo—. Pero ahora resulta que yo también lo soy.

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