Como cristianos sabemos que no podemos vivir por nuestras emociones, quién sabe a dónde nos llevaría la imaginación de nuestro malvado corazón. Pero este enunciado no siempre se respeta, son muchas las veces que nuestras emociones rugen por demandar el control de nuestra vida y nuestro ánimo se ve afectado por tantas cosas.
El tiempo es una de ellas.
Cuando era niña amaba los días de lluvia, significaba que podía quedarme adentro, dibujar, pintar, mamá hacía tortafritas, podía ver la tele todo lo que quisiera... de adolescente me gustaba volver a casa caminando y mojarme con la lluvia, aunque después me esperaba un reto de mis padres, pero para mí valía la pena.
Con el tiempo la magia de la lluvia fue perdiendo su efecto, entre el estudio, el trabajo, los niños... ya no hay tiempo para sentarse junto a la ventana a mirar llover. Y mojarse al ir o al volver es un fastidio.
Las emociones son un aspecto fluctuante de nuestro ser. Son ellas quienes al fin y cabo nos llenan de dudas, y como dice Santiago en su carta; "porque el que duda es semejante a la ola del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra." Santiago 1:6. Así nos llevan nuestras emociones de un lado a otro, ayer amamos la lluvia, hoy la aborrecemos.
Y es que si vivimos a través de las emociones jamás estaremos satisfechos, lo que hoy nos llena de placer, y le rogamos a Dios para alcanzarlo, mañana nos harta y le suplicamos que lo retire de nuestras vidas. Por eso vuelve a hacer hincapié Santiago; "el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos". Santiago 1:8.
No logramos nada, no alcanzamos nada, porque no sabemos perseverar, insistimos en que para llegar al final debemos sentirlo.
¡Ay corazón, cuándo te decidirás!
Luego vienen las ansiedades, el estrés, la depresión, los pánicos, los miedos, la paranoia... ¡Alto! Acalla tu alma como hizo David, "¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío." Salmo 42:5. Y halla paz en la Palabra del Señor.
Pero la vida vertiginosa de este mundo instantáneo nos llama, y nos dice que está bien que hagamos lo que sintamos, la única paz que debemos tener es con nosotros mismos. Y nos permitimos resbalar sólo un poco. ¿Cuántas veces nos habrán dado el consejo "qué dice tú corazón, haz lo que sientas"? Jeremías para esto tenía una respuesta; "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso, ¿Quién podrá conocerlo?" Jeremías 17:19. ¡¿Quién?! ¿Quién sino el que lo creo? Entonces volvemos a repetirnos aquello que nos trajo paz la primera vez; "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío." Salmo 42:11.
Esto quizá nos calme un poco, pero por si no es suficiente, David lo escribió una vez más en otro salmo: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío." Salmo 43:5.
Y si otra vez nuestras emociones demandan el control de nuestras vidas, "Alma mía, reposa solamente en Dios, porque de él procede mi esperanza." Salmo 62:5.
Él es nuestra ancla, nuestro refugio seguro en las tormentas, acallar nuestra alma significa confiar en él, dejarle el control a Aquél que sabe lo que hace.
Un mundo que dice que ser olas está bien, choca con la Palabra de Dios que dice que debemos de ser como árboles plantados (sí plantados, quietos, inmóviles) junto a aguas corrientes. Salmo 1:3. Porque así daremos fruto en su tiempo, y nuestras hojas no caerán (nuestras ramas no estarán desnudas en el frío abrazador del invierno, ni en el calor asolador del verano). Entonces, todo lo que hagamos prosperará.
Te invito a que cuándo sientas que tus emociones te están llevando de un lado a otro sin avanzar, acalles tu alma meditando en la Palabra de Dios.

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