En un pequeño rincón del mundo


Para ella eran importantes las buenas noches. Pero para él, lo eran los buenos días. Por eso, cada mañana desde que se habían casado y mudado a la granja, se despertaba antes que ella y se deslizaba sigilosamente hasta la cocina descalzo para no hacer ruido. Con el tiempo había descubierto que tales molestias no eran necesarias, pues ella tenía el sueño profundo, pero se había habituado a hacerlo de aquel modo.
Una vez en la cocina, limpiaba los trastes del día anterior y luego salía hasta el jardín que tenían en el frente de la casa, el cual llegaba casi hasta el camino que unía las demás zonas rurales y llevaba hasta el pueblo. Allí, se dedicaba a elegir flores para llevarle a ella. Unas susurrantes captaron su atención, en especial una violeta como sus ojos y en su mente se formó una idea ¡la despertaría con ellas!
De vuelta adentro se disponía a colocar las flores en el florero de la mesa, y apartó la más bonita. Después ponía en la caldera el agua para el áldrama, sacaba el pan y lo cortaba en rodajas, y por último acomodaba la mesa para el desayuno. Cuando todo se veía en orden, sonreía satisfecho para sí, y se encaminaba hasta el cuarto.
Dejó la flor junto a su cabeza, cerca de su oído, y sentándose a los pies de la cama, esperó a que ella despertara. Como muchas flores de su tierra, las susurrantes no tenían un perfume por el que destacar, pero sí otras cualidades. Éstas en particular, susurraban cosas. Y en efecto, no tardó en llegarle un suave zumbido, como el de los grillos por la noche. A medida que ella iba despertando, el sonido se iba haciendo más audible. Ella era así, iba llevando vida donde casi no la había.
-¿He dormido todo el día? -dijo aún con los ojos cerrados.
-No cielo, el día apenas acaba de comenzar -sonrió él.
Ella abrió los ojos por fin y a través del sueño pudo distinguir una mancha violeta.
-¡Una susurrante! ¡Que bella es! -luego lo miró a él llena de felicidad.
-¡Qué Elohim guarde tu día cielo! -le dijo él.
-Y el tuyo -contestó ella.
Un sonido grave y burbujeante dejó atrás el momento. <<Brum>> <<Brum>>
-¡El agua! -exclamó él, y salió corriendo hacia la cocina antes de que ocurriera un desastre y ella lo regañara.
Ella rió para sus adentros y colocó la flor en un vaso que había sobre su mesa de luz. Tarareó una melodía y enseguida la flor comenzó a imitarla, pero la tonada se convirtió en una leve cancioncilla cuando abandonó la habitación.
Ya en la cocina, él le tendió una taza de áldrama, que bebió hasta la mitad con avidez para despejar los últimos restos de sueño. Ya despierta, reparó en que no había ocurrido ninguna catástrofe, como era habitual en el desayuno. El agua no se había derramado, no se había roto ningún plato, la mermelada no había explotado y al pan no se lo habían comido los eñis. La única razón por la que lo dejaba seguir con aquello, era porque él insistía y porque ella nunca lograba despertarse antes que él, siempre era un placer quedarse más rato en la cama. Pero hoy, el día parecía ir muy bien.
-¿Podrías abrir la venta? -dijo mientras untaba una rebanada de pan con mermelada de ciberlo-. Espero que el viejo Otskil nos envíe noticias del pueblo.
-¿Por qué no puede enviar una nota a través de algún ave, como hace la gente normal? -se quejó él mientras abría el ventanal que tenían enfrente de par en par.
-Usar el viento a su favor es su habilidad.
-Aún así. Tiene suerte de que sea verano, en invierno siempre nos morimos de frío.
Sorbió un trago de su áldrama e intentó silbarles una canción a las susurrantes del jarrón, pero ellas se empeñaban en seguir croando. Entonces ella cantó, y las flores la siguieron. A lo que él volvió resignado su atención al áldrama y ella soltó una carcajada.
-¡No te aflijas! -le dijo entre risas-. La mía es una habilidad muy común.
-Sí, pero al menos tú tienes una, y muy útil si vives en una granja. Yo en cambio, soy tan inútil y falto de habilidad como un salvaje -su tono era de fastidio, igual que siempre que salía el tema.
Ella dio un sorbo de áldrama y suspiró, pero no se dejó arrastrar por él. En cambio, le tomó la mano por sobre la mesa y le dijo:
-Cielo, para mí eres tan útil y lleno de habilidades como un ziomest de primera generación o más. ¡Ahora preparémonos para la jornada que esas purliks no se cultivarán solas! Al menos no, si yo no se los ordeno.
Y sonrió, una sonrisa suya lo convencía de cualquier cosa.
***
Junto al galpón de las herramientas un viento le azotó el cabello, y una voz silbante que se parecía a la del viejo Otskil le dijo:
>>¡Que Elohim guarde vuestro día! -la saludó-. Rosil y yo estamos bien, aunque anoche entraron eñis por la ventana del cuarto y ahora ella está llena de verrugas en la cara. ¡No pueden imaginarse lo mucho que me reí esta mañana al despertar! -Y el viento silbó una risa estridente, ella casi podía ver su enorme vientre subir y bajar acompasado- Aunque claro, ella no lo considera tan gracioso. Cada vez que trata de sacarse las verrugas estas cambian de color y se enfada aún más -y en este punto el viejo Otskil se rió tanto que el silbido le perforaba los tímpanos, luego añadió en un tono más bajo-: Esperaré un rato para decirle que ha estado probando con la mezcla equivocada. Por cierto, les manda saludos y pregunta cuándo vendreís a visitarnos, promete hacer una tarta de purliks -Ahora fue ella quién rió, sus tartas de purliks eran precisamente el motivo por el que no los visitaban a menudo-. Espero que vosotros llegueís con algo mejor, porque sino estaremos todos perdidos. ¡Podríais venir a pasar el día! Tú Púrpura, podrías traer algo de casa, ya sabeís que la cocina no es el fuerte de Rosil, y Dreve y yo mataríamos un ochin para comer. A propósito de ochines -y adoptó un tono más grave-, parece ser que a las ochines de Seren las han atacado un lorin. Sed cuidadosos, no las dejeís pastar muy lejos de vuestra vista. En fin, ¡enviadme noticias vuestras! ¡Que Elohim cuide de vosotros!<<
Y la voz y el viento que eran uno, se disipó hasta que la calma volvió al lugar.
Él llegó junto a ella sudoroso y agitado, había ido a soltar el rebaño de ochines del corral, y al llegar no se encontró más que con algunos cadáveres y restos de lana esparcidos por todas partes. Con creciente preocupación salió al buscar al resto del rebaño, pero las encontró a unos pocos metros de allí. Entonces salió corriendo a avisarle a ella y al pasar por el huerto vio con el rabillo del ojo una mancha grande detrás de la carretilla del estiércol, para no asustar a lo que pensó sería un lobo plata, siguió su camino en dirección al galpón con un plan en mente.
-Ochines. Muertas -dijo él entre jadeos.
-El lorin está aquí -susurró ella asustada.
-¿Cómo dices? No, es un lobo plata, lo vi en el huerto detrás de la carretilla de estiércol -una vez recuperado el aliento le tendió el arco y las flechas que usaban para cazar, mientras que él se quedaba con el machete-. ¿Por qué crees que es un lorin? -preguntó con curiosidad.
-Otskil me ha advertido que tuviéremos cuidado con un lorin que ya atacó a las ochines de Seren.
-Pues yo he visto algo en el huerto, de eso estoy seguro. Y dado que los lorines son invisibles, pues no ha de ser más que un lobo plata que se alejó demasiado de la montaña.
***
-¿Estás segura de que no ves nada? -insistió él una vez más, a lo que ella negó con la cabeza.
Llevaban un rato ya escondidos detrás de la pared trasera del galpón, con las cabezas asomadas para observar el huerto. Él aseguraba que había algo allí, pero por más que ella arrugara el ceño y girara la cabeza en distintas posiciones, no lograba ver nada. Una idea se perfilaba en su mente y ella luchaba por ignorarla.
-¿Totalmente segura? -volvió a insistir.
-¿Puedes describírmelo? -fue su única respuesta.
La pregunta lo pilló por sorpresa, no había nada que describir, el lobo estaba allí, escondido detrás de la carretilla. Aún así lo observó más detenidamente, y se dio cuenta de que eso no era un lobo plata. No tenía las largas patas de ellos, ni las garras de plata pura tan características. Y si no mirabas directamente al animal, este parecía una masa informe que titilaba. Tenía cuatro patas sí, pero eran más como las de un perro, su cuerpo era como el de una persona encorvada y la cabeza, que salía de un escaso cuello era lo más extraño que había visto. A rasgos generales era como la de un lobo, pero lo que había tomado por un hocico era en realidad una especie de pico.
Ningún animal del que tuviera conciencia se parecía a eso.
Con creciente horror comprendió lo que ella ya había entendido. Él no era ningún falto de habilidad, su habilidad no había podido manifestarse antes porque nunca antes había visto a una de esas criaturas.
-En verdad no se parece a nada que haya visto antes -dijo con voz queda-. En ese caso, y si tú no lo ves ¿no lo ves verdad? -intentó por última vez, ella sacudió su cabeza como en todas las anteriores-. Entonces es que mi habilidad consiste en ver a esas criaturas -sentenció al fin.
El aplastante silencio que siguió después, sirvió para confirmarle lo que ella ya sabía, y el modo en el que él se lo tomaría. Y su reacción no era exagerada. Esas criaturas atraían toda suerte de desgracias a quienes podían verlas y todos cuantos los rodearan, pues provenían del lado oscuro de la Tierra. Un lugar al que ningún ser de la luz se atrevía a ir y del que ni el mismísimo Elohim pudo evitar una vez que creo el universo.
El lado oscuro de la Tierra era un porción del mundo al que nunca llegaba la luz, en parte por la propia inclinación de la Tierra y sus movimientos al rededor de la lumbrera mayor, pues la mitad del año reinaba una noche eterna. Y en la otra, cuando se suponía que el día debía gobernar, la niebla más espesa impedía el descenso de la luz sobre esos páramos. Y en parte porque allí la propia oscuridad tomaba forma. Forma de criaturas que de vez en cuando cruzaban al lado iluminado en busca de alimento. Al menos era lo que los ancianos y los escritos del los señores del bosque contaban, puesto que hasta donde ella sabía, en el viaje de ida a ese lugar, no se incluía el de retorno.
Al principio un miedo segador se había apoderado de ella, temió por la vida de él y por extensión, de la suya. No era en vano que quienes poseían tal habilidad terminasen solos y sujetos a toda clase de desgracia porque la muerte era lo único que traían esas bestias de tinieblas. Todo ziomestniano agradecía que la herencia de tal habilidad se manifestara cada dos o tres generaciones, y generalmente era uno sólo en todo el reino quién podía verlos. Aún así, maldijo su surte porque les tocara a ellos.
Ni por asomo pensó en abandonarlo, estaban juntos pasase lo que pasase. Su amor siempre sería más fuerte que cualquier horrendo destino que Elohim les hubiese preparado y dado que era la menos propensa a dejarse llevar por las emociones, debía tomar la iniciativa. Pero él debía confabular un plan de ataque, puesto que era el más sabio de los dos.
La desolación había teñido su rostro, y se había refugiado en aquel mundo suyo que ella tanto odiaba. Hacía que una enorme brecha los distanciase. No tendría más remedio que sacarlo de allí. Le tomó la mano y lo condujo hasta el jardín lateral, caminando primero junto al galpón y luego junto a la casa. Él apenas si lo notó. Y cuando se detuvieron lo abrazó, como para devolverlo a la realidad.
-Puedo verlos -murmuró una vez que sus ojos se encontraron.
Entonces ella lo besó, tratando de hacerle llegar todo lo sentía por él y la confianza de que se enfrentarían a esa criatura juntos. Cuando se apartaron, él intentó decir algo, pero ella lo atajó. Sabía que a pesar de su esfuerzo él intentaría alejarla de la situación.
-De ninguna manera -le dijo tajante-. Cuando nos casamos acepté la responsabilidad de amarte y estar contigo, aún en las más adversas situaciones. Y eso es lo que vamos a hacer.
Él no pudo por menos que tomar su rostro entre sus manos y besarle la frente, agradeciéndole su amor incondicional. Ella lo retiró unos centímetros y sonriendo le dijo:
-Ahora hay que revisar esos pergaminos tuyos de los señores del bosque, hemos de encontrar la forma de acabar con esa cosa.
Ella se dirigió hacia el interior de la casa y él la siguió sin objetar. Nunca podría contrariar aquella sonrisa.
***
-Esto es lo que haremos -dijo él, después de que hubieron revisado todas las notas, libros y pergaminos de la casa-. Lo rodearemos con sigilo, yo me colocaré delante, como una carnada. Y tú le disparas con el arco. Asegúrate de darle en la cabeza.
-¡Pero si no puedo verlo! -protestó ella.
-Lo sé. Te lo indicaré señalando hacia el lugar. Como no nos ha visto, es mejor que te sitúes detrás del huerto yendo por el norte, pasando por atrás del corral de aves -él había dibujado en un pergamino liso un plano de la granja y de dedicaba a trazar líneas describiendo la trayectoria que ella debía seguir. Como si no bastara con decírsela-. Cunado te indique, le disparas a la cabeza.
-¿No es mejor que le dispares tú que puedes verlo?
-No, confío más en tu habilidad con el arco. Además, debemos aprovechar la oportunidad de que sólo me ha visto a mí.
-¿Y si no ha sido así?
-Es casi una afirmación. Fui yo quien pasó junto al huerto cuando venía del corral de las ochines, el resto del tiempo hemos estado ocultos tras el galpón.
-Nada de esto me parece razonable, es caminar a tientas. ¿No había nada más sobre los lorines?
-No -se lamentó él-. La única información útil es como matarlos. Se les dispara a la cabeza que es donde está el centro de su energía vital. El resto sólo refiere a que son de tan variadas especies y se conoce tan poco que es imposible determinar sus debilidades y costumbres.
-Pues entonces, que remedio -se resignó ella-. Vayamos a cazar lorines.
Y salieron de la casa, cada uno a ocupar sus puestos.
Pegado a la pared del galpón esperaba a que ella apareciera por detrás del corral de las aves. Trataba de no pensar en su condición y en lo que su habilidad le traería en el futuro. Le había ocultado muy bien a ella la sensación que le invadía, ese presagio de que el día no acabaría bien, y se había encontrado a sí mismo rezando a Elohim para que nada le pasase a ella, pese a que había cuestionado su existencia y el origen del mundo en innumerables ocasiones. Por fin su oscura melena asomó por detrás del corral y confinó una última plegaria antes de salir a campo abierto.
Como había supuesto, la criatura lo detectó enseguida y salió de detrás de la carretilla andando suave. Pero no fueron sus pasos decididos lo que lo asustó -como si estuviera seguro de que se lo iba a comer-, sino el malévolo brillo de sus ojos rojos. Un brillo que lo llenaba del terror más puro, y le hacía perder toda esperanza posible.
Por detrás del lorin, pudo ver que ella se posicionaba y tensaba la cuerda del arco lista para disparar a una señal suya. El miedo que le causaba contemplar esos ojos había dejado su cuerpo paralizado, sus extremidades eran de plomo. Incapaz de señalar a su cabeza. Incapaz de correr. Trató de infundirse el valor suficiente, tenía que hacerlo por ella. Y con esfuerzo levantó el brazo y apuntó a la cabeza del lorin. Al mismo tiempo, este sonrió, algo que él no creía que fuera posible. Y se dio cuenta del momento exacto en el que su presentimiento se volvería una realidad.
Ella soltó la cuerda tensada y la flecha salió disparada cortando el aire. No le gustaba apuntar a ciegas, pero confiaba en él. Lejos de acertar en el lorin, la flecha fue a clavarse en la pierna de él, atravesándole el músculo de la pantorrilla izquierda de lado a lado. Antes de reaccionar, tomó otra flecha y disparó una vez más. Esta vez, la punta se clavó en algún punto del espacio, por lo que se veía el resto de la flecha suspendida en el aire.
-¡Le has dado en un ojo! -Exclamó él con la voz ahogada por el dolor que le producía la flecha clavada en su pierna-. ¡Dispara otra, va por ti! -añadió al tiempo que la flecha flotante se dirigía hacia ella.
Disparó sin dudar.
La flecha se detuvo de nuevo en la cabeza del lorin, aparentemente en el otro ojo. Y ella comenzó a dirigirse hacia él para poder socorrerlo, pero sus movimientos delataron su posición y las flechas se encaminaron en dirección a ella. Tuvo una idea, y se rió de tan sólo pensarla. Quien diría que una habilidad tan corriente como la suya la sacaría de un apuro de esa índole. Aprovechando que el viento sopló y se llevó el sonido de sus pasos, extendió sus manos hacia la tierra al rededor de las flechas e hizo crecer un montón de susurrantes. Se concentró otro poco en su tarea e hizo que las flores crecidas comenzaran a hablar con su voz. Sólo decían <<aquí>>, <<aquí>>, pero eso bastó para confundir al lorin que iba de flor en flor.
Rápidamente ella corrió hasta donde se encontraba él, y sus pasos quedaron ahogados por los gritos de las susurrantes. Él yacía en suelo pálido y sudoroso, y cuando ella quiso examinar la gravedad de la herida él le apartó la mano sacudiendo la cabeza. Lágrimas corrían por sus mejillas, su treta sólo serviría durante un rato hasta que el lorin hubiese aplastado todas las flores y entonces iría a por ellos.
El dolor le recorría el cuerpo en espasmos agudos y sentía que había perdido la sensibilidad de la pierna después de un rato. No obstante, la presencia de la flecha en su pierna le causaba un horrible malestar y una fea impresión. A punto había estado de gritar en cuanto le atravesó la pierna, pero el miedo no lo dejó cuando se percató de que el lorin planeaba atacarla a ella. Si antes había dudado de Elohim, ahora estaba convencido de que la había ayudado a acertarle en los ojos dejando a la criatura ciega.
Apartando el dolor de la pierna a un lado, tomó el rostro de ella en sus manos y secó sus lágrimas con los dedos. Tomó el machete que había llevado consigo por si acaso y se lo tendió. Ella pareció no comprender, entonces él le susurró:
-Es a ti a quien quiere el lorin. Sabe que puedo verlo y no me hará ningún daño si antes puede hacértelo a ti. Pero no te preocupes -dijo tratando de infundirle confianza-, tengo un plan B.
Apoyándose contra la pared y con ayuda de ella fue levantándose con el mayor sigilo posible. Depositó todo el peso de su cuerpo en la pierna derecha y le indicó a ella que se parara delante de él. Entre los dos agarraron el machete y ella volvió a esperar por una señal suya.
-¿Confías en mí? -le susurró él.
-Más que en mí misma -contestó ella.
Entonces ella gritó <<aquí>> con todas sus fuerzas y el lorin corrió hacia ellos como el depredador que era. Él apuntó el machete que ambos sostenían más arriba y juntos atravesaron el cráneo del lorin.
***
Las estrellas se veían más brillantes que nunca en el cielo nocturno y titilaban como pequeñas esferas de fuego sujetas a una corriente de aire. Como todas las noches, se habían sentado a contemplar las estrellas después de la cena, sólo que esa vez no habían subido al tejado de la casa, y no lo harían por un tiempo. Al menos no, hasta que él sanara y recuperara la fuerza en la pierna por completo. Gracias a Elohim, la flecha no lo había atravesado tan hondo como habían pensado en un principio y sólo desgarró el músculo superficialmente. Ya no caminaría ni correría como antes, pero se pondría bien. Y para ella, su vida era tan valiosa que un pequeño desperfecto físico se tornaba insignificante. Pensaba en esas cosas mientras sorbía su áldrama un tanto rápido.
-Hey, despacio -le dijo él-. Ya sabes que si lo tomas rápido te mantendrá toda la noche dando vueltas en la cama.
Ella bebió lo que le quedaba testaruda y le dio un beso. No podía sentirse más agradecida con Elohim por tenerlo con vida después de lo que habían pasado en el día. Él no volvió a reprocharla, pero sacudió su cabeza. Después de un largo rato de lo que siempre era un cómo silencio, ella lo ayudó a entrar a la casa y más tarde a acostarse.
Al igual que todas las noches, pues para ella eran más importantes que los buenos días, le contaba alguna historia inventada de tierras desconocidas -había evitado las historias del lado oscuro de la Tierra por obvias razones-, hasta que él se dormía de agotamiento. Entonces ella le besaba la frente con ternura, como de si un niño se tratase, y estaba segura de los niños no tardarían en llegar. Luego soplaba la esfera de luz que flotaba sobre sus cabezas y se deslizaba entre las tinieblas al mundo de los sueños.




FIN.

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